Virtual, una existencia aparente, la alteridad, implícita, reverberación tácita. Guatemala el contexto unificador, excéntrico, improvisar frente al ordenador un breve reflejo cotidiano. Este blog, busca la exploración por un arte irreverente, y al mismo tiempo una práctica literaria Ad-Honorem, una columna desempleada. (OJHS)
Un texto por encargo para El Azar Cultural, por aquello del festival de la foto (por aquello de hacer diletancia redituable)."Enlace"
Por Oswaldo J. Hernández
En defensa del espectador, para la ocasión de Foto>30 (2009), habrá que lastimar un poquito la noción de “comité curatorial”. Sí, sí, pero únicamente desde, digamos, la vulnerabilidad de (su) representación dentro del festival. Tanto se le ha dado promoción al detalle de la temática –el paisaje, más como contingencia que atavismo tradicional–, y tanto más a la nuclear condición de un equipo capaz de articular una directriz general, que resulta extraño, en algunas exposiciones –más allá de aquellas cargadas de un interés personal por parte de uno u otro curador–, encontrar o detectar una puntual intervención, pauta, incluso criterio para ser del todo entendidas como aciertos o apéndices mutantes de la improvisación o la diplomacia. Así, a uno le queda funcionar como testigo acaso curioso, enojado, eufórico, optimista, desconfiado o etcétera… y partir hacia galerías y centros culturales. Ante 33 exposiciones, era pertinente organizarse (6 me fueron endosadas). Mi recorrido bien puede darse por iniciado en el Centro Cultural Luis Cardoza y Aragón de la Embajada de México que expone la fotografía del mexicano César Saldívar. El título de la muestra (De ida y vuelta) es tan sugerente que desde un principio no dice demasiado. “Es sobre paisaje”, escucho decir cerca a una señora que acaba de tramitar su pasaporte. Supongo que mientras la embajada decide sobre su peligrosidad y conceder o no una visa, la mejor manera de rescatar un poco el tiempo es asistir a Foto>30. Ya en la galería, la señora está como perpleja. Varias decenas de rostros le regresan una mirada desde las paredes, docenas de retratos intentan describirle la ilusión de un paisaje. Por mi parte, voy armado con 1) mi librito/agenda del festival y 2) una entrevista hecha al fotógrafo encontrada en internet. Una dice más o menos que “De ida y Vuelta explora las capacidades del retrato a través de conocidas figuras del espectáculo”. Y la otra, Saldívar revela: “Me atrae la magia del actor, porque es una paleta de emociones que permite experimentar infinidad de sentimientos. No me quedo en la imagen, sino que llego al contenido, a lo intangible”. Lo cierto es que intangible nos queda a los espectadores el imaginario tan extranjero que se nos presenta. Salvo por unos cuantos reconocibles (Diego Luna, Silvia Pinal, Pilar Bardem, Eduardo Noriega…), el tema pierde su efecto. “Una exposición de México para México”, dice la señora ofuscada. Más bien “itinerante”, apunto, “perfectamente impresa”. La señora sale a ver si le han otorgado la visa. Salgo detrás de ella pero con rumbo distinto, hacía el Instituto italiano de Cultura. Lo que nos espera allí, no es otra cosa que una exposición itinerante y cómodamente de previa curación: Torino, Retrato de ciudad. No hay mucha perspectiva de dónde asirse he de decir. El paisaje es obvio. La fotografía de Mario Monge roza la trivialidad de vender una ciudad para consumo turístico: un retrato bonito; es decir, la monumental escultura y arquitectura del barroco propio de Turín. No obstante, los ‘palazzos’ y las ‘piazzas’ han sido manejados con cierto realce a través de matices e inusitados ambientes. Se hubiese querido descubrir un retrato de ciudad pero con las evidencias de las múltiples facetas que conviven en su interior; desde cierta subjetividad al menos. Lo siguiente que depara es una exposición pequeñita que trata precisamente de una pequeñita que se ahogó hace no sé cuánto en Xochimilco, México. Ugo Hernández es quien, en galería Casa Azul, propone la crónica de un ritual inadvertido. ¿Inadvertido debido al mal gusto… a una isla llena de plástico podrido?, no sé. Lo cierto es que algo de la leyenda y el misticismo mexicano alrededor de la niña ahogada conmovió la mirada de Hernández; fue lo que presentó, por caso laxo, taxativo, pero honesto. Cerca quedan las últimas 3 exposiciones. No sé mucho de reseñar lo que no ha ocurrido. Pero mi editor espoleó y prudentemente galería Sol del Río tuvo a bien mostrar en exclusiva las exhibiciones. Las 3 se presentan el mismo día, las 3 en el mismo lugar... Una de ellas procede del trabajo de Estephane Garin (sonidista) y Sylvestre Gobart (artista visual). La galería me distiende un video de poco más de 46 minutos y me absorbo. La pantalla relata. Es suya la intención de activar y romper la memoria: Gurs, Drancy, Auschwitz, entre otros lugares –sedes/paisajes del Holocausto durante la II guerra mundial– procrean un ambiente en el que el videoarte y el sonido desafían el ritual de recordar; lo bosquejan actual, incluso reciente. Por otra parte, Rachelle Mozman participa con sus composiciones fotográficas, aquellas en la que niñitos estéticamente bizarros gesticulan una solemnidad inquietante; detrás de ellos, un contexto, un paisaje inacabado los envuelve: un futuro en construcción como sempiterno ideal en la vitrina de la globalización. Finalmente queda decir algo del guatemalteco Luis Gonzáles Palma. Acá, con la muestra Guarda-Espaldas, revitaliza aquel dato-identificable-muy-suyo: la tradición de aspectos innovadores (en algún momento). Es decir, de nuevo el color sepia, de nuevo lo barroco. Encontré su defensa en una entrevista: “Es un continuo diálogo con ciertas experiencias pasadas para intentar conocer por qué continúan tan presentes en mi mundo interno”. El asunto en esta ocasión radica en jugar un poco con el material impreso –doblar aquí, arrugar por allá– y significarlo con el arquetipo del retrato histórico, las clases sociales y los disfraces culturales. “La mirada como poder; y la incursión de ella en un mundo frágil e inquietante”, como él mismo explica aunque tampoco hay que creerle....
Deadline de jueves. El encargo: entrevista a Guinea Diez. Tomo una 4 que me dejará más o menos cerca del parque Morazán (3 cuadras)… Magna Terra Editores…
Por estos días Filgua está de moda. Y un bodrio-séquito de escritores se odia en silencio, muy a la par, se rozan, se saludan y –asco– se sonríen cual camaradas de post-guerra o post-exilios. Todos se tiran mierda sobre las espaldas: backstabbin y puntapiés sigilosos. Ser escritor en un sitio como éste debe ser pura contrariedad, parodia y náusea. Así formulo preguntas que no llevo preparadas…
(Ya, en vez de libros, mejor preocuparse por cosas más importantes. Como lo hace mi hermano, un sabio. Mientras jugamos el hermoso, el maravilloso, el grandioso Prototype, se hace cuestionamientos ampliamente pertinentes: ¿A qué hora terminarán la Saga del Cielo de los Caballeros del Zodiaco contra Zeus? En tanto en la pantalla de la PC, –exclamación aquí– un tanque hiperbárico estalla en mil pedazos al tratar de penetrar en la colmena de los humanos infectados y estamos muertos, bien muertos. Ese juego es extraordinario, fijo).
3era. Avenida. Parque San Sebastián, zona 1. El maldito chófer me ha arrastrado 2 cuadras de más. Bajo por la parte delantera sólo para ser sarcástico y denunciar: Por eso los matan. Por eso los matan. Por eso los matan malditos. El chófer no me responde pero se ve que le ha dolido. Me deja tres cuadras más abajo (9ª. Avenida). Una retahíla de muchachitos ha hecho la parada, de lo contrario… quizá hasta el Cerrito del Carmén el cabrón. Por eso los matan. Por eso los matan. Por eso los matan. ¡Por eso los matan malditos! Se siente muy bien.
3era. Avenida. Parque San Sebastián, zona 1. De nuevo, sólo que a pie. (¿Por qué no me puedo mover con la misma libertad del personaje de Prototype?, escalar paredes, saltar, volar, matar, destruir la ciudad… la realidad es una mierda, fijo. El Direct X de la extensión gt es una versión caduca, algo como Direct3D para Windows 95 plus). A cabo de leer a Goldman: Gerardi, San Sebastián, Estado Mayor Presidencial. Debe ser ultra-fácil apropiarse de un hecho histórico, hacerlo “Material Humano” y publicar. Pero ya ni a mi me queda imaginación. Por tanto todo es valido. En San Sebastián trato de evitar a los hippies de Caja Lúdica. Es decir, atravieso el parque y doy cuenta que Goldman está de moda: hay unos gringos, absortos, moderados por la casa parroquial, diluyendo sus cerebros en conjeturas y en tratar de verificar tetunte-obispo-chucho-indigentes-sangre en alguna parte. Otros más obvios, libro de Goldman en mano, coinciden en voluntad mas no en ubicación con los gringos. Estos examinan lo que debió ser “la bodega del testigo proscrito, ¡elprimo de Cojulúm!”, dicen con tono turístico, muy absurdo, unos cuantos pasos más abajo (son de acá, se nota. En Prototype ya estarían muertos, fijo, o absorbidos) en la 2ª. avenida. Bueno, bueno hasta a mí se me antoja y venir a vender playeras con un slogan tipo “camisa del hombre descamisado” o mejor aún “tetuntes conmemorativos”. Me pregunto si Goldman me los quisiera firmar, o aunque sea Maite Rico o el Bertrand no sé qué. Hay que explotar la magnífica condición turística del estúpido parque. Ya veo que funciona del todo bien. Todo está en ver cómo diablos reanimar un buen muerto, uno de esos que tratan de cambiar algo tan malo como la extensión gt y su Direct3D. Aunque por mi parte, sin duda, el lado divertido de la historia lo protagoniza el EMP. Desparecer gente, arrasar, torturar suena incluso divertido y atrayente a menos que te caiga la Paz encima y lo eche todo a perder. (Me frustro hasta las lágrimas por no poder destruir la ciudad como se hace eficientemente en Prototype, por no poder hacer una simple bomba, o absorber a soldaditos y boicotear cuánto se antoje. Pero fijo, qué le vamos a hacer).
Ya con todo esto, con el enojo más que vigente, tengo entrevista, me digo. Guinea Diez me recibe, es lunes, 10:30 horas, lo demás es para el Deadline del Jueves. Obtuve las respuestas adecuadas… o quizás eso creo.
Cada generación tiene una persona que refleja a la sociedad de modo poco convencional. A veces parecen irreales, o lo suficientemente trasgresores que incluso no encajan en ningún lugar. GG Allin ha sido ignorado por documentalistas y cronistas de la música mientras trata de ocupar su verdadera posición en la historia del punk.
He aquí un ángel del Señor apareció entre sueños y le dijo a Merle Colby Allin: “no desconfíes del hijo que mora en el vientre de tú joven esposa, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es…; y llevará por nombre Jesus Christ Allin y será un hombre grande, muy poderoso, pues en sus venas corre la sangre del Mesías”. Y Aconteció así –a mediados de los años cincuenta, en Lancaster, New Hampshire (EE.UU.)– la condenada concepción de una de las leyendas más importantes del punk duro y poco conocido de la escena norteamericana: GG Allin (1956-1993). Anticipadamente se despidió de este mundo ante un ingente grupo de fans que esperaban ansiosos la promesa punk e irreverente de este músico: se suicidaría, en cualquier momento, durante una de sus presentaciones.
Quien haya consumido la experiencia extrema de salir medio ileso de uno de sus shows, realmente tenía mucha fe en sus palabras. Sin embargo, murió exactamente hace 16 años, un 28 de junio por una sobredosis. Es ahora que parvadas de adolescentes se acercan a contemplarlo por internet para descubrir una auténtica postura contra el Sistema y la vida de alguien que encontró en la música una forma de sobrellevar el descontento generalizado por la sociedad y sus imposiciones convencionales.
El Under en perímetro del Undreground
Un poco antes de que el punk entero se fuera filosóficamente al traste, una década anterior a que el mercadológico cerebrito de Marilyn Manson comprendiera el morbo expectante de los consumidores del rock en su plataforma ‘mass media’; antes, en plena efervescencia del sin sentido de la época posmoderna y cada uno de sus síntomas psicosociales, tecnológicos e informáticos de consumo, la circunstancia menos vista del punk a finales de los setenta se regocijaba con la más cruda de las escatologías performáticas. GG Allin, descrito infinitas veces como el estereotipo del psicópata trastornado, cargaría voluntaria y terapéuticamente en sus espaldas con la inconformidad de toda una generación de rechazados, de auténticos marginados. Como un mártir más bien al estilo ‘One Army Men’, GG Allin sería ignorado incluso del ‘mainstream’ de aquella escena punk comercial de los setentas y ochentas que ahora distintas cadenas musicales de televisión venden en DVD dentro de un marco documentalista para un target de adolescentes en todo el globo. “Digamos que la visión del punk debía tener aquellos indicios de insolencia, inconformidad y crítica social desde una agresividad pasiva, aceptable en cierta estructura enfocada únicamente en las trasgresiones estéticas. Digamos que plantearlo de forma radical y directamente confrontada con la sociedad era demasiado incluso para la propia escena”, confirma recientemente en una entrevista Marlin Allin Jr., el hermano mayor de GG Allin y bajista que lo acompañó en bandas como MalPractice, The AIDS Brigade y la más duradera de todas The Murder Junkies.
Y sí, un acto de GG Allin retomaba esa línea neurótica que presentaban ante el público artistas como Hank Williams, The New York Dolls o bien un Iggy Pop en sus primeras incursiones con los Stooges, con la diferencia de llevarlo a los extremos…
“Cero teatralidad, nada. Mi mente es una ametralladora, mi cuerpo son las balas y mi blanco perfecto es la audiencia”, dijo en más de una ocasión Allin para traducir sus presentaciones en las que terminaba sangrando por cada golpe autoinfringido, uno tras otro, en su cráneo con el micrófono, o pelear en el escenario con más de dos o tres de sus fans –en 1992, 16 punks se abalanzaron sobre él partiéndole el cúbito y el radio en tres partes–. La velocidad de tres acordes y el pac-pac-pac-pac acelerado de la batería discurrían un telón del que emergía poco a poco el paroxismo.
Allin a la defensiva reconocía una lejana, muy lejana influencia del accionismo vienés de los años sesenta y lo introducía substancialmente en el punk, en su público, en su acto performático.
“Demasiado impactante para convertirse en un lugar común”, reseña el periodista y biógrafo autorizado de GG Allin, Joe Coughlin, a la espera del interés por parte de una editorial respetable que examine su trabajo. Cosa que tiene complejidad. “Difícil de creer que algo como Allin fuese verdadero. Más de una revista de rock duro estipuló que Allin no existía y entonces, cuando las fotos de sus performances llegaban a sus salas de redacción se veían forzadas a comerse sus palabras”, resiste Coughlin.
Y es que por más que se quiera tolerar, un personaje como Allin sacude, agita incluso póstumamente. Fotos, videos y documentales esparcidos en la red evidencian la honestidad y lo abyecto de su personalidad. “¡I’m for real!”, refutaría sin vacilar como lo hizo en tantas entrevistas. Y tal realidad era, en todo caso, extrema. Sus presentaciones emulaban un campo de batalla. Tocaba en bares cuyos dueños arriesgaban su patente de comercio con tan solo tenerlo allí, respirando. Ya hemos hablado de sus triviales ataques de furia contra sí mismo, no obstante, sus shows incluían desnudez, mutilaciones en su cuerpo y, más importante aunque temporal, una amenaza verdadera, íntima y frontal para la sociedad de confort. Al final, la policía siempre estaba presente. El punk sólo fue el soporte adecuado para decantar sus ideas. “Soy un escupitajo, un sincero y espontáneo sarcasmo hacia la hipócrita y deshumanizada sociedad en que vivimos –declaró en un popular show de entrevistas de los años ochenta–. La sociedad es una gran broma y la única manera de enfrentarse a ella es siendo una broma más grande, nauseabunda, amoral y desagradable, pero sincera”.
Ajetreados años, en los setenta el punk estaba en efervescencia. Se declaraban cosas como “si Johnny Rotten es la voz del punk, entonces Sid Vicious es la actitud”. Eran frases usadas por Malcolm McLaren, el productor británico y situacionista, que saltó a la fama al desempeñar el papel de agente-niñera (incluso oportunista) del famoso grupo de la primera oleada de punk: Sex Pistols. “Diletante y sin talento, la figura de Sid Vicious pasó a incrustarse en el imaginario como el estigma del punk por excelencia. Estábamos hartos de la escena entera del rock & roll y la mierda corporativa vendiendo. Queríamos mantener la integridad del punk…”, explica el hermano mayor de GG, Merle Jr., justificándose.
En vida, Allín mantuvo una postura marginal. Obnubilado por el mercado que nunca lo aceptaría: “era el under al margen del Underground, pero con una actitud más desafiante”, apunta Joe Coughlin.
No obstante, hay recopilaciones de sus acciones “en contra del sistema”. Tod Phillips, director interesante a través de sus ejercicios documentales de los años noventa, se dio a la tarea de vivir al límite e irse de gira con la banda de GG Allin en 1992. El resultado, un perturbador como inusitado registro gráfico titulado ‘Hated: GG Allin and The Murder Junkies’. Allí resalta la evidente existencia de GG Allin como superviviente al apogeo del punk. Conocemos también que The Murder Junkies era un conjunto de acompañamiento efectivo, nada mediocre, siempre en la línea del punk. Un ‘frontman’ como GG Allin en la faz del escenario, contra todo: escurriendo sangre y escatología, insertándose un micrófono en el trasero, y la atmósfera punk de sus conciertos recargándose de bizarras energías. Una nota interesante prologa e ilustra el documental: “GG Allin es un artista con un mensaje para una sociedad enferma. Es capaz de proyectarnos tal y como somos. El ser humano es tan solo un animal que habla y se expresa libremente. No se equivoquen, detrás de lo que él hace hay un cerebro”; ¿firma?, nada más y nada menos que John Wayne Gacy, el asesino en serie conocido como ‘Pogo’. GG Allin lo visitó varias veces, no por casualidad, sino por su afinidad de encontrarse en la misma jurisdicción de correccionales. GG había sido acusado de violar a una de las grupies que lo asediaban durante la gira, en Michigan. En su fichaje de ingreso, su IQ dio más alto que el promedio. “No sé si GG nació así, o si la sociedad lo creo necesariamente. Su banda, sus fans, son excepcionales. Ellos representan la parte de Norteamérica que muchos prefieren pensar que no existe. La alienación como minoría había encontrado desesperadamente una voz en el punk, algo capaz de unir y producir una estructura funcional, muy al margen”, subraya Phillips casi al final del documental.
Caos involuntario
GG Allin vino al mundo en un hogar de raíces profundamente cristianas. Fue bautizado como Jesus Christ Allin. Su hermano Merle Jr., dos años mayor, al no pronunciar bien su nombre lo renombraría para siempre como “gi-gi” (GG). Ascético, Merle Colby Allin Sr., mantenía una familia desde un arribismo religioso. Sin agua, sin electricidad, los pequeños Allin estaban acostumbrados a aceptar los violentos episodios familiares. “La violencia es un rol social”, arquetipizaba GG en una de sus canciones. Desde pequeño fue obligado a cavar literalmente la metáfora de su tumba. Bajo amenazas de suicidio, existen registros de cómo Merle Allin Sr. obligó a su esposa y sus dos hijos a perforar el sótano de su vivienda y presentarles el lugar donde ellos serían enterrados.
Poco antes de que GG entrara al preescolar, su madre, Arleta Gunther, en un arrebato de cólera –un lapso de lucidez–, decide abandonar a su religioso esposo y llevarse al retoño de una problemática relación, no sin antes cambiarle legalmente el nombre por Kevin Michael Allin “para no crearle un trauma mayor”, dijo a un noticiario. Hasta entonces GG descubriría la electricidad, la radio, la música, su escape.
Su último concierto, el 28 de junio de 1993 –como tantos otros– estuvo compuesto de dos temas nada más. La policía fue alertada. El dueño del local no deseaba continuar. El público comenzaría a transformar en una zona de guerra las calles aledañas del Gas Station Club en Nueva York, un ‘riot action’ que GG comandaría involuntariamente. Luego de correr algunas calles y dejar radiopatrullas, ambulancias y sobresaltos, GG sería rescatado por un grupo de fans a bordo de un taxi. Moriría esa misma noche por una sobredosis de heroína.
Dejó un legado de bandas como MalPractice, The Jabbers, Cedar Sluts streets, Scumfucs, Texas Nazis, The AIDS Brigade, The Murder Junkies… Catalizador del caos, discográficas independientes apoyaron su lanzamiento con más de 25 LP’s y casetes. ‘Hated in the Nation’, ‘Legalize Murder’ o ‘War in my head’ están siendo remasterizados por Orange Records y Alive Records para su publicación en CD y en formato digital.
Con la mejor de las xenofobias, sí, con la mejor de las misantropías (toda esa estúpida –incluido uno mismo– raza humana), sí, es primordial desconfiar del buen corazón de las malditas personas. Aterrizan, pues, con una mueca incómoda: ven lo mierda, lo precario, lo imbécil que pueden ser estos países. Y estoicos, verdaderamente estoicos –en realidad no les queda otra cosa por hacer–, los mileuristas vienen a ayudar, dicen, “venimos a ayudar”, repiten ya un poco nerviosos, inseguros, haciéndole huevos y cegándose en la leche. Más bien, vienen a evaluar la mano de obra barata y bruta. Más bien, sí, vienen a masturbar inditos, infinidad de inditos muertos. La necrofilia es la más simpática de las reivindicaciones mediocres. Validan, así, muy bien la misión implícita: La Segunda Evangelización. El Segundo Impacto.
La “verdad absoluta” del universo en sus maletas… el disfraz de la cultura… el eufemismo de un puto Call-Center de la Vodafone o la Virgin Mobile France.
Los curas, la iglesia, el cristianismo… todo sustituido por ONG’s, por Agencias técnicas, instituciones de desarrollo, disque cultura y la tecnología.
No obstante, la lacra, la mierda de sus sociedades ahora tiene títulos universitarios, títulos académicos, un fenómeno mileurista sobreabundante. Todo ese nuevo remanente humano viola inteligentemente, con más maña. Todo ese remanente humano tiene una sola cosa bien clarita: mil euros en esta mierda de países es toda una fortuna. Acá no terminarían de infelices conserjes o empleados de un Mcdonald’s, ¡no!, la Reina de Inglaterra los ampare, tampoco declaran impuestos, sus mil euros son, digamos, “limpios”. Consumen a gusto, se cagan en todo y en todos sofisticadamente. Así se justifican con una cámara de video internados en la selva. “¡Oh sí!, a buscar inditos en la selva. ¡Ah, cómo vamos a ayudar, qué felicidad!… Todos estos gilipollas no saben nada de su historia, se las vamos a presentar…jolines, a documentar”.
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La virtual alteridad cínica tuvo oportunidad de charlar con unos mileuritas (un inglés y un vasco) en Antigua (simposio de nanotecnología y sistemas de variables aleatorias en Telecomunicación). En fin, fui el enviado de la empresa.
A continuación unfragmento:
–A gratefully beer that you have here. Jajaja. –dice el tipo del INT UK que trabaja como director en una de las secciones de Claro Guatemala, con una Gallo en la mano.
Respondo con un pequeño gesto de desprecio.
El vasco, acabando de empezar la noche, apunta jovial:
–¡Joder¡ Muy buena eh. Allápor la M-30, en la Gran Vía, le hacen llamar ¡Famosa!
Eso es todo, estoy harto. Parece que de este maldito país… el alcohol es lo único exportable. La imbecilidad es exportable. Así.
Trato de huir a mi cutre habitación de hotel. Es inútil sin embargo.
El inglés dice: –hey, can you telly me ¿why your first capital is advocated in a “región inundable”?Thast is dreadfully can i say. Stupid, to not avoid.
Me detengo, y digo nomás como señalando al vasco: –Porque los españoles la pusieron allí. Qué más.
El vasco brinca. Se exalta, vaya. Tanto joder con no querer ser español, tanta mierda de ETA, bombas y esas mamadas, sí, pero ahora véanlo: se ha ofendido.
–Disculpa–, reclama– pero esos fueron los españoles de antes, coño. Nosotros nada tuvimos que ver tío.
Es curioso. El vasco, éste, lleva, según indica la lista del mediocre simposio (el cuál, por puro aburrimiento exploré durante una larga conferencia impartida por un italiano mileurista en el CFCE de la Antigua), unos 4 años acá, en Guatemala, como coperante. Incluso porta una cédula falsa que ha lucido toda la noche, de manera esporádica y molesta.
Luego agrega: –Me cago en el coño de mi madre. Que yo no tengo familia por aquí. Mi familia está en España. Ves. Ninguna conexión. Nada. Los conquistadores, pues, sois vosotros tío. Vosotros descendéis de ellos.
–Thrutly, yes.
Por lo que me consta, muy a mi pesar –y hasta cuesta y da vergüenza decir–, soy gua-te-malteco. Nada de honra, por su puesto. No obstante, me dedico a replicar.
–Pero entonces ¿qué mierdas hacen ustedes acá?
Los mileuristas (treintañeros, Master en alguna imbricación tecnológica, encajan perfecto en la tendencia estadística de una anodina campana de gauss f(x)= a e^[-(x-b)/2c]^2… a, b y c reales mayores a cero), mastican la pregunta. Dudan y murmuran un poco, entre sí.
El vasco se atreve.
–Para enseñarles. Sí, joder, para mostrarles las cosas. Las cosas como deben ser…– apunta diletante– civilizadas. Jajaja.
Me voy a mi habitación rumiando algo sobre La Segunda Evangelización (El Segundo Impacto) y maldiciendo a la humanidad mientras me alejo de los mileuristas. Ríen realmente a gusto frente a sus Gallo.
Lo último que me permito observar es a un par de esas estúpidas guatemaltecas que ya están sonriendo a los extranjeros y los becarios. Coquetean obscenamente. Se aproximan apestando a feromonas, a cerveza, un poco de cocaína y mota según logro percibir. Típico.
Folclórico diría yo.
Son apenas las nueve y cincuenta y tres de un pasado meridiano cualquiera. Pienso en si debo dedicarme a leer ese libro azul de Junot Diaz; fue lo único que traje; que se me ocurrió traer y que quizá pudiera servir. Mala idea, claro.
Es un alivio que el congreso tecnológico dure solo un día más. En seguida me lavaré los dientes. Me quedaré dormido.
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Lo mileuristas andan últimamente preocupados. Hay una “crisis” bien jodida les dicen sus amigos en el Facebook, en los e-mails. En efecto, les han venido cerrando algunas de sus oficinitas recientemente. A parte de lidiar con el sentimiento falso de sus buenos corazones deben ahora angustiarse. Ya se han largado unos, eso sí. Supongo que los onegeistas han estado más sensibles (no pueden ni rozarse los pezones). Por lo regular son unos hijos de puta ultrapedantes. Si los cuestionas, te encasillan fácilmente. Te despiden. Un poco de poder y forman bandos. Un poco de poder y no son razonables. Un kindergarten mileurista perdido en el tercermundo.
Pero con la Segunda Evangelización se debe ser firme. Vamos, no es cualquier cosa zampar una cultura dentro de otra ya modificada y estropeada previamente. Deben hacer creíble su función. Evitar a toda costa un destino atroz como lavacarros –oficio aprendido luego de tantos años de observación por estos lares– en una calle de Viena, o de Madrid, o de París, o Londres. Por supuesto, con una subvención de mil euros para sobrevivir.
Pasa por sus mentes también: un vendedor de autobús. Dios los libre.
Pero confiemos en la crisis. Entreguémonos de lleno a ella como, de hecho, hemos estado sempiternamente sumergidos. ¡Ah!, imaginemos cómo nos dejan restregarnos en nuestras precariedades, nuestra psicosis y violencia. Nuestra mediocridad tan, como suelen los mileuristas decir bastante alarmados, incapaz. ¡Ah! Nuestros gobiernos, nuestros Ministros de Cultura, Nuestro responsables de las artes, nuestras universidades y tecnologías insipientes. Cosas que los mileuristas comentan estupefactos con adjetivos en grado de “vías de desarrollo”. Es un asco su optimismo.
De pronto tienen visitas (mileuristas de paso). Lo primero que sucede es tenerlos al tanto de la situación. “Es que la violencia. Es que los niños de la calle. Es que las clases sociales. Es que los mareros”. Son eruditos sociales. Chomsky no es ni verga. Baudrillard no es ni mierda comparado al análisis eclesiástico de un mileurista.
Pero al menos, esos malditos tienen un lugar a dónde diablos ir a dar en el futuro. Donde no se intimiden ante la trivialidad de la muerte. Donde lo único que quedará en su neurosis será el mal sabor de saberse –análogamente– comprando un menú o una pizza en un restaurante tipo Berlín, o de verse comprando un pantalón en una paca en Oxford, o de no dar el costo para un bonito sillón de Kalea o de Didó durante el Segundo Impacto. Los mileuristas se mueven entre nosotros. Implantan empresas, ayudan comunidades. El arribismo es evitar la migración a través de la inmigración subvencionada.
No obstante, nosotros nos quedamos acá. Esperando una estúpida beca, un exilio, el Segundo Impacto, la Parusía… cualquier cosa.
Analicemos a la masa, hormiguea la masa, redundante la masa. La masa siempre está como a punto de sorprender, como a punto de hacer algo, algo que valga la pena, no obstante, no lo hace, o no suele hacerlo, o no quiere hacerlo ni intentarlo. A todo esto, la masa es intermitente, suele habitar espacios fuera de sus circunspectas condiciones físicas: allí va la masa en camioneta; luego, en supermercado; atorada en el tráfico después; anda en los estadios, en los conciertos, en aperturas de exposiciones, en las iglesias y en algunos parques también. Pero si algo caracteriza a la masa son sus horarios; en cada agenda es exacta, asombrosamente puntual. Las hay madrugadoras y frescas, las hay meridiem, almorzadoras y sol-cenitales, o domingueras, manifestantes y subversivas igual. Pero existen las post-meridianas rocambolescas, demasiado inverosímiles para el ojo habitual. Hay que verlas de cerca, introducirse dentro de ellas, respirarlas, digerirlas, fagocitarlas y entenderlas aun con radicalizada dificultad. La masa (incluso dentro de sus propias itinerantes) presenta cúspides, modos y paroxismos. La masa 5 pasado meridiano es –despejadas las dudas– la más interesante de todas las posibles.
Post-meridiano, a las 5, la masa sale de laborar. Está sudada, con sueño, harta, con hambre y el cansancio pesa en su humanidad. ¿Por qué llegar a casa?: no se sabe. ¿Por qué llegar lo más pronto permisible?: ni idea. ¿De qué manera llegar, trasladarse, por qué?: poco importa. ¿Pensar acaso, cuestionar?: a saber. Lo que tiene relevancia, en toda su evidencia, es moverse, no quedarse allí, correr en grado arribista e inconsecuente del trabajo. Lo que menos interesa es lo que se hace llamar “los demás”. ¡Esos que se pudran!, piensa puntualmente la masa desde, digamos, su infinita particularidad. Y por eso es cómica, cínica y algo estúpida la masa. Al mismo tiempo, incongruente y todo: un socialismo fundacional. Quiera que no, de una forma objetiva se preocupa por existir, por no morir y los individuos que (en lo particular) integran y son parte de la masa, velan porque así suceda samsarosamente, cada día.
Vamos, la masa está apresurada. Quiere descansar de sí. Ha sido un día duro, incuestionable.
Así, la masa espera en una parada de autobús. Se desespera, se aglomera; mira la masa a la masa y se incomoda. –Peor si estos van hacía donde yo voy– reflexiona sobre sí misma y toma consciencia en lo poco que pueda caber en una tautología. Otra parte de la masa dice: –Mierda, hoy si que no me dejaré: hoy seré el primero en abordar, subir y sentarme en el autobús–. En efecto el autobús está retrasado.
La masa también, en otra proporción y en automóvil, ve el semáforo: en rojo, sin parpadear. Entonces la masa se da cuenta de la masa a sus costados que espera el autobús y se ríe. Advierte además la masa a la masa que atraviesa a gusto la avenida y, por supuesto, vuelve a reír. Mira la masa a la masa, la masa se ríe de la masa. Contramira la masa a la masa, la masa siente envidia de la masa. Tal es la forma en que suele funcionar.
El semáforo en verde, detiene, hace avanzar… un semáforo es así, la metáfora de la visceversa.
He aquí el autobús, por fin. En efecto, la masa, toda en la parada de autobús se mueve, una sola es lo que es. Preocupada por llegar, empuja…; impaciente, patea…; intranquila busca la mejor manera de implementar un codazo. –Son 3 señores, Q3 vale el pasaje señores– dice la masa a la masa a un tiempo, mientras se jala, se somata y se pega un puntapié o se mete mano la verdad. Sube la masa como puede, cuelga la masa como puede, se queda otra también. Es una, mil, ni una sola cosa a la vez.
Allá va. Qué más.
¿Vale tanto llegar a casa? ¿Por qué?: no se entiende. La masa tiene un sentido inercial. Se deja llevar.
¿Y si chocan y hay colisión de masas? ¿Compton estaría feliz? ¿Sirve acaso el CERN? ¿Higgs es una patraña? Al menos nosotros sí. Cuando la masa colisiona con la masa es algo divertido. Allí está la masa chocando con la masa, en el tráfico, a las 5 Pasado Meridiano. Hace un momento la masa se reía de la masa. Hace tan solo unos instantes la masa envidiaba a la masa. La masa en automóvil (tres vueltas, un raspón, dolor de cuello y un meñique roto) se baja para alegar. La masa del autobús observa, se ríe, ha chocado con él. El autobús ha tenido culpa de todo el asunto. Según la dinámica relativista, la interacción de la materia suele producir efectos de aniquilación (absorción) o de creación (emisión), tenderíamos a resolver una ecuación de onda en el mejor sentido del Hamiltoniano de interacción radiactiva entorno a un campo vectorial electro-magnético; el resultado: una probabilidad sistematizada en proporción a fotones y masas condensadas. Claro que ésto a grandes rasgos, no explicando el gauge de Lorentz o la probabilidad en función del tiempo, lo que le daría aun menos sentido. Por suerte, la cosa ha sido newtoneana, muy newtononeana, grandes cuerpos colisionando, levemente y sin saldos onerosos o mortales; su probabilidad: el enojo. Y la masa se enoja, con meñique roto y todo, se enfada, arma un escándalo: –qué le pasa maldito, por qué no se fija imbécil–, indica la masa a la masa. Su auto estropeado paraliza a toda la masa del universo. La masa de autobús lo ve, lo comprende vulnerable, sobre todo con su auto todo abollado, un Jaguar de lujo y de limitada edición, algo que la masa sólo ha visto en uno o quizá 2 videojuegos. Es axiomático el odio de la masa autobús contra la masa automóvil. Es a priori la convivencia, la interacción.
–No quitaré esta mierda hasta que vengan los del seguro–, dice la masa enfadada del Jaguar. En realidad, si llega el seguro, tiene altas probabilidades de ganar. El autobús es la evidencia física de toda desidia y displicencia, de toda absoluta neglicgencia. No obstante, el odio está allí como actuando y sale a la luz: –¿no lo vas a quitar, ah, no lo vas a quitar? –, pregunta la masa del autobús mucho más cansada, muy harta de todo realidad.
La masa del autobús baja, se acerca solidaria, toda preguntando ¿no lo vas a quitar, ah, serote, no lo vas a quitar?; saca sus llaves la masa, unas monedas, clips, verduguillos, gillettes, ganchos de pelo y tres lapiceros la masa. Sin más, 7640 rayones exactos en la superficie/fibra/vidrio del Jaguar, 12 abolladuras/patadas, 3 llantas pinchadas/desinfladas. La masa mueve el auto, encuneta al Jaguar y hace ver su grandioso potencial. Está viva después de todo.
Finalmente, a casa. “Lo más pronto posible”, dice la masa feliz. En 3, en 2 horas no habrá autobús alguno, de ninguna ruta para la maldita ciudad. Hay que apresurarse, correr, mantener la disposición, huir, refugiarse, desaparecer y deshabitar. Esconderse.
La masa llega finalmente a casa. Abre la puerta y examina su alrededor. Una montaña de platos sucios aguarda por ella. Un florero roto, un niño roto, otro niño igual, un chichón, un brazo dislocado, una pelea: mocos, sangre, rasguños: esperan. Un promontorio de ropa sucia, un inodoro sucio, un desagüe tapado: acechan. Una pareja indiferente, fría, asexuada: hace fila. Una televisión, un noticiero mediocre, el internet de bajísima velocidad: persisten. Una colegiatura, un recibo de luz, de teléfono, de agua, de internet (32kbpps), la factura de la renta: se ilusionan. ¿Valía tanto la pena llegar a casa?, ¿tanto esfuerzo?, ¿tanta chingadera?, pregunta pertinente la masa.
Se resigna entonces la masa sabiendo que no tiene en realidad otro maldito lugar a dónde ir. Que esta ciudad no dispone de ello. Que no se lo puede costear. Se infunde aliento, algunas ganas. Mira con cansancio y entra. ¿Por dónde empezar?: organiza, evalúa prioridades, se derrota… Inicia por lavar una montaña de platos asquerosos y malolientes, echa limpiol en una esponja de colores y enciende el grifo de un lavamanos. Le va dando vueltas y vueltas mientras siente cómo la vida le escurre toda por el caño. No existe en realidad nada más que pueda hacer. El asco de la vida es contundente y se resigna empezando por enjaguar un lecherito.
Imbécil abrió nuevamente su bar. Sí. Imbécil llamó, bueno, mandó un mensajito –una carita semoviente, muy feliz, muy tonta puntualizaba luego de: “ (…) abrms nvo, inaugu hoy :P, XD”, cosas de la semántica mediocre, ese tan envidiable impacto visual inmediato y, claro, funcional más allá de lo estúpida que es la literatura, algo para rendirse, dejar de intentarlo (vamos, ante lo visual, ante lo publicitario, un lector es ya pedir demasiado). La tecnología SMS es efectista. Códigos plus valores, frecuencias plus data package, micro ondas plus acople y arquitectura GSM, codificación de voz plus modulación digital, conexión, conversaciones horizontales, jodidamente cada uno de nosotros identificado con ubicuidad involuntaria y reciproca del sistema SIM. Los humanos, la totalidad de la humanidad como “uno solo” en niveles de comunicación sin enterarse. Hay que adaptarse supongo. No obstante, mi red social es deplorable, pocas personas tienen en realidad mi número celular. Tigo lo intenta, se acuerda de mí –es el único–, me saluda, me ofrece felicidad, ocio, regalitos, envía una hecatombe de mensajitos. Incluso creo que me quiere, pero no sé. En cuanto a Imbécil, pues, he de dar por echo que lo conozco de algún sitio. Me sucede reputadamente siempre: los humanos no me sirven para absolutamente nada –por supuesto que yo no sirvo de nada para nadie– y en conveniencia ¿para qué tratar de recordarlos?; púdranse.
Es entonces cuando entra otro mensajito, el muy imbécil de Imbécil olvidó colocar: día, hora, lugar. El nuevo mensajito dice que es hoy precisamente, a las 19:00 horas y, créanlo o no, Imbécil ofrece la apertura en Cuatro Grado Norte, ese lugar tan mierda, tan muerto y tan mierda. Curioso y todo, me da harta, pero harta ansiedad y una inquietud por redescubrir a Imbécil. ¿Quién, qué…? Cómo se atreve, maldito, a perturbarme. Con sinceridad me entusiasma que alguien quiera verme algunas veces, digo, para practicar la abyectividad y un poco de terrorismo si se puede. Sobre todo eso. Con esa ilusión, salgo.
…llego.
Imbécil no se recuerda de mí, ebrio y todo hace memoria pero no quiere dejarme pasar. “Esto es exclusivo”, dice. Procedo a evidenciar su invitación. Procedo a iluminarle el rostro con mi celular. Procede desconfiadamente entonces a dejarme pasar. En similar modalidad: tampoco sé quién es. Es lo lúdico de las interrelaciones y esa cosa que suelen llamar amistad.
…paso.
Paso y me arrepiento un poquito, pues hay baile: Quítenle la música a todos estos monos, vamos, mientras brincan, mientras bailan: silencio. Tápense los oídos. Miren. Silencio. Véanlos sin sonido. Sin los loops molestamente electrónicos, sólo los brincos, los bailes, las aspiraciones espásticas, las convulsiones, el sin sentido, el baile: silencio…Vean. Diviértanse. Los monos se vuelven soportables. Se mueven, no hay música. El baile es un acto pletórico del asco y lo ridículo. Mientras la música por sí sola, sin danza y obscenidad, sí, lo admito: es hermosa. Y no me gusta bailar. No obstante, me obligo a taparme los oídos, escurriéndome poco a poco dentro de tanto mono y tantos decibelios innecesarios: la fiesta, la inauguración gestada por Imbécil.
En tanto pienso cómo Cuatro Grados Norte era un lugar horrible, y cómo, desde luego, sigue siéndolo, una chica se me acerca, sonríe. Trato de omitirla, sé que puede esconder felicidad y quizá inconveniente bienestar; colateralmente: dejar de escribir. Es una gran suerte que mientras la chica esta, la van dibujando la luces, me doy cuenta de lo idiota que es. Una Hippie señores, la chica: sandalias, falda mierda de mierda colores de mierda Panajachel, blusa típica, collares, pulseras, un porro entre sus dedos, incluso medias rastas. Un asco la verdad. Pero lo peor a continuación: saluda, sonríe. Soy poco hábil para la circunstancia; agradezco ante todo mi enorme prejuicio para actuar con tranquilidad. El odio hacia los hippies, hacia las ONG, los Derechos Humanos, las ayudas, la lástima europea, todo eso, al menos, sirve para algo.
Desde un rincón, poquito a poquito, me dirijo al hastío nada más. Veo las luces, el Dj muy feliz, la danza, los monos, la fiesta. El lugar lucha contra todo. A contracorriente, a la fuerza: felicidad; a la fuerza: sonreír; a la fuerza: placebo, encanto, drogas, optimismo, placer; a la fuerza: inhumanidad. No encajo, es lo normal. La hora de buscar a Imbécil, despedirse.
…Salgo, no lo encontré, no me interesa. Igual, quebrará muy pronto, volverá a abrir, mandará un mensajito, inaugurará, los monos, la danza, la estupidez, volverá a quebrar, abrir, quebrar, Imbécil café-bar… mensajito. Entonces no tendré ganas de ir.
Todos tenemos un Misantropide muy adentro, muy introyecto como cuestión, digamos, ontológica. Así: es tierno, sugestivo y encantador. Todo muy a su manera. La verdad, admitiéndolo de una buena vez, es que siempre está de mal humor, aburrido y un poquito hastiado, y de allí cada uno de sus tan particulares atributos y derroches característicos. Cualquier mañana se despereza y cualquier mañana ya siente una rabia contra el universo: “el maldito universo”, dice y se estira y se levanta y desayuna y luego toma una ducha como cualquier mañana. “Mierda”, grita (acá invito a Vds.: en realidad Vds. es sólo un ejemplo, un acondicionamiento matutino; bien puede tratarse inclusive del estímulo mañanero que Vds. realizan cotidianamente) emputado nuestro maravilloso Misantropoide en cuanto se da cuenta de que esta mañana le han dado unas enormes ganas de cagar después de haberse restregado metódicamente el asterisco en la ducha. Mierda, sí, resignadamente se volverá a ensuciar, resignadamente a ensuciarse con método el asterisco y se sienta a cagar y a emular una posición manierista y al mismo tiempo harto… peristáltica. “Mierda”, luego, dice, otra vez en cuanto (acá invito a Vds.: en realidad Vds. es sólo un ejemplo, un acondicionamiento de salida; bien puede tratarse inclusive del viaje que Vds. realizan cotidianamente) sale hacia su trabajo, en cuanto echa llave a su cutre apartamento y piensa en cuánto y cómo, ¡cómo! odia a toda la humanidad. Entonces presiona el botón del ascensor y espera. Es de mucho tiempo la espera. Una eternidad. Por fin, al maldito ascensor le da por llegar al nivel de nuestro Misantropoide –el nivel de nuestro Misantropoide es alto, elevado muy por encima de la humanidad–.El Misantropoide abre la puerta del ascensor y encuentra lo que podría ser una mamá y dos hijitos. (Es eso, exactamente.) Es un suplicio compartir el mundo con los niños, pero lo es todavía más en un espacio tan reducido y claustrofóbico como el mundo pequeño en el interior de un ascensor, ésta o cualquier ya maldita mañana. Los niñoshijitos sonríen, los niñoshijitos juegan – son juguetes muy nuevos, muy navideños en las manos de los niños los que observa nuestro Misantropoide –, los niñoshijitos reciben también los mascullados epítetos de su mamá: “Córranse mulas, dejen pasar al señor”. Y los “mulas” en tal efecto se corren, abren un espacio, pero un espacio ultracultural, deforme, donde caben todos los prospectos de mulas para esta maldita ciudad. Y los “mulas” entienden. Y los “mulas” obedecen a la tradición y a la progenie, a la generación anterior, y a toda su estúpida herencia de país estropeado y feo. Y los “mulas” se corren otra vez, así, sin cuestionar demasiado, interpretando su única y fagocitaria representación: delegarse y suceder el mundo, el asco. Pero el Misantropoide está consciente de una cosa últimamente. Sí. Y lo piensa regurgitadamente contemplando a los niñoshijitos en el ascensor. La ciudad está plagada de niños, muchos niños vacacionantes, muchos niños post-navideños, ociosos, ingenuos, defecantes, prevaricadores, llenos de entelequias y supuestas esperanzas. Vaya cosa tan mala la esperanza, vaya responsabilidad azarosa y cutre, piensa. Entonces no entra y mira de reojo las escaleras y cierra el ascensor y se mueve y se retira buscando otra forma de bajar cargado completamente de una náusea. Y la náusea es sempiterna, repetitiva. Y la náusea lo introduce al vómito y vomita. “Vieron mulas, no dejaron pasar al señor”, escucha cacofónicamente y de manera harto estentórea, bajando por las gradas. Entonces el vómito, el vómito del Misantropoide una y otra vez, en cada nivel, hasta recuperarse un poco en el lobby, limpiándose la boca frente a la puerta principal del edificio. Y decide enfrentarlo todo caminando en búsqueda de un autobús. Ah, porque el Misantropoide se traslada siempre en autobús (acá invito a Vds.: en realidad Vds. es sólo un ejemplo, un acondicionamiento traslativo; bien puede tratarse inclusive del transporte que Vds. utilizan cotidianamente). Es una cosa muy suya eso de andar en autobús, un morbo social en efecto, desde donde puede ver a gusto y en directo a la humanidad. Aunque por otra parte al Misantropoide no le pagan lo suficiente en su trabajo para adquirir un automóvil y eso lo emputa. Así, emputado y todo, sube a la camioneta. Busca un lugar, cualquiera, para cuajar un poco todo su odio. No obstante, de momento no hay lugar, sólo adversidad. En la siguiente parada de autobús (C.C. Z4), el Misantropoide divisa un lugar, por fin, para concentrarse en su tarea más eficaz: la misantropía inteligente. Bueno, que se sienta y que ya le están alegando. Un viejo es el que alega. El anciano acaba de subir y quiere precisamente el lugar de nuestro Misantropoide. Ocupar el lugar de nuestro Misantropoide no es tan fácil como se piensa, requiere, a lo mejor pericia, dedicación, talento, algo… Algo que seguramente el maldito anciano no tiene, ya no tiene. La vejez es el indicio más evidente de cuánto fracaso acarrean todos los humanos, caducan, pierden intelecto, se vuelven menos hábiles para enfrentar la vida, para buscar un puto lugar –en el autobús por ejemplo–. Lo increíble es cuando la maldita humanidad toma partido por lo caduco: la gente, toda la gente en el autobús: alega a nuestro Misantropoide por un lugar, su lugar en el universo, el lugar desde donde le es inútil ya cuajar un poco su odio, enfocarse, estar concentrado. El Misantropoide razona y no entiende, no lo logra comprender del todo. Que un anciano ande todavía en autobús es el colmo de una vida completamente ineficaz, un fracaso, la vida entera en autobús. Así el Misantropoide neuraliza y se dice “el día que no me pueda limpiar por mi mismo el asterisco, será el día en que me pegue un tiro, en la sien; sólo espero sostener con alguna y buena fuerza el arma, con alguna y buena puntería”, todo para mantener por supuesto bien claras las ideas. Y por supuesto no da su lugar. Aún así el anciano vocifera; una voz cansada, sin ánimo, procede desde su garganta a recurrir a lo ridículo, a lo chocheante: “En mi juventud no éramos así”, apunta diletante: “No éramos así, incluso abandonábamos nuestros hogares, nuestros hijos, nuestras madres, nuestras esposas, nuestros chuchos por alguien más: el pueblo, este pueblo, este país: luchando desde la revolución, el marxismo”. Y el Misantropoide, al escuchar semejante cosa sufre una suerte de emociones incomprensibles, incluso sonríe y piensa en que faltarán siquiera unas 2 o 3 generaciones más para que estos imbéciles guerrilleros sean por completo olvidados y subsecuentemente nos dejen en paz, subsecuentemente, claro está, ocupen menos lugar, menos oxigeno, menos…resentimiento… fracaso. Claro que con suerte, la Tierra entera desaparecerá en no menos de 2 generaciones emergentes. Eso al menos es un alivio, se dice y medita y tiembla y se encoge y tiene toda una suerte de clarividencias nuestro Misantropoide. Las generaciones termonucleares, ah… las bombas atómicas, los mutantes, las ciudades devastadas, los seres desmembrados, la humanidad, la mierda, esa mierda en sí, colapsando felizmente al fin. Al fin. En esto está el Misantropoide, en completo distraído, más bien fascinado y sin enterarse que alguien (bondadoso acaso) ha concedido un sitio al anciano. Nadie fastidiará por un rato. O eso era lo que creía el Misantropoide. El pobre Misantropoide. Ya están fastidiando, ya lo están fastidiando. Rápido, sin chistar, he aquí que sube una adolescente, pero no cualquier adolescente, no, o bueno, quizá y sí, no sé, parece una adolescente aunque no del todo. Sube con su bebé, sube al mismo tiempo embarazada, es decir, con 2 bebés: un feto en las entrañas y un aborto defectuoso entre sus brazos. Sin embargo, gorda, desproporcionada, cargada de varios bultos, sujeta al mismo tiempo y como puede -¡mierda!-, otro niño, o bien la estupefacción de otro niño chiquito, el esbozo de un humanito, un ser diminuto lleno de mocos, cheles, babas, esas cosas. Apenas ¿qué?: 3… 4 años a lo sumo. Un asunto para odiar y refutar a la belleza, la bondad, el amor, la conmiseración y desde luego la lástima. La adolescente, sus bultos y los niños llegan al lugar de nuestro Misantropoide, lo rozan, lo miran, lo enojan. El Misantropoide se da cuenta de cómo apestan estos muchachitos, literalmente: sudor, babas, esfínter. Literalmente: cebo, coño, uretra. Es un aroma literal, rancio, como la prosa de esta seudoliteratura. Los humanitos, éstos, los hijos de la adolescente, saben interpretar muy bien su papel. Su madre, enojada, muy enojada, los jalonea, les pega, luego los empuja y les grita: “mulas”. De nuevo, más “mulas” para esta ciudad. En este punto, nuestro Misantropoide nota algo relevante, una mirada, una homogeneidad, el estándar, la realidad contundente. Los niños, sí, los “mulas”, éstos, ofrecen una gesticulación miserable, una gesticulación de lástima y petición, una gesticulación linde al desencanto; sus rostros contienen una expresión inercial, es decir, en efecto, caras de… caras de “mulas”. El Misantropoide ha visto ese rostro antes, esos rostros antes; se pregunta así “¿dónde he visto esa clase de mirada, esos rostros…dónde, esa sumisión?”. Se aflige un poco entonces, no demasiado. Quisiera levantarse, buscar un poco de aire, estirar las piernas, sentirse en parte menos incómodo. Pero lo piensa unas tres, cuatro o cinco veces: eso significaría otorgar su lugar, a la adolescente, a los bultos, a los chavitos “y mi huevo”, se dice; “¡Puta!”, exclama y se reduce y se endurece y se fastidia aún más y mira y busca y scanea… es entonces cuando se responde: “rictus”, sí, “rictus” sale de la boca de nuestro Misantropoide, mientras observa, fascinado, con odio, la transfiguración probabilística de la campana de Gauss en la realidad. La realidad de los rictus. Esa clase de mirada, esos rostros, en cada promediático pasajero. Esas Muecas en desanimo, los bostezos permanentes, los hocicos inquietantemente abiertos, fofos y estupefactos hasta la hilaridad, la franca hilaridad del espectador: el Misantropoide. Rasgos aguados, ajados en inexpresividad, laxos y sin manifiesto alguno de disconformidad, de incomodidad, sea ésta por el armatoste que los transporta, por el maldito clima que nunca cambia, por la estúpida ciudad, por el tercer –maldito– mundo, por su realidad en general. Rictus, sumisión, docilidad, aceptación. “Mulas –vuelve a decir de pronto la adolescente a sus hijitos: – allí hay un lugar”. Y los bultos y los niños se desplazan, más bien impulsados por la verborragia tan diligente y cariñosa de su madre. Se sientan, se acomodan en unas esponjas sucias y estropeadas, se calman… se encuentran en una pequeña paz, una burbuja ciertamente fina, transparente y como sea, incluso a estas alturas, sonríen sucio. Miran una ciudad sucia a través del marco sucio de una ventana sucia. Quietos, en silencio. El Misantropoide, claro, no puede dejar de verlos, de sentirlos, tan… tan presentemente sucios. Pronto, prontísimo una cremallera ha bloqueado la visión cosmogónica de nuestro Misantropoide. Pronto, las costuras, la lona, las nalgas de otro señor se instalan en medio de la camioneta. Pronto, la panza prominente de una señora prominente descansa en el hombro enclenque de nuestro Misantropoide. De pronto el autobús se ha llenado. Y Lleno: apesta. Por eso, por la conglomeración acumulada, el Misantropoide identifica ampliamente el lugar de su bajada. El final de su trayecto laboral de las mañanas suele ser ignominioso en suma. Tan pletórico que el simple hecho de buscar la salida (cualquiera de las 2 puertas), es un trauma construido a través de roces, de fricciones y quiera que no manoseos. El Misantropoide va edificando día con día un desprecio resistente. Lo acumula, lo compila luego, y se lo guarda. Uno que otro día de estos terminará explotando, literalmente inmolado, “con TNT adherido tiernamente al esternón por la acción química de algún transpirable esparadrapo”, nos cuenta. Baja del autobús así, rumiando, en voz muy baja, insultos contra al mundo. Baja además con minúsculas partículas – cabello, piel, caspa, voces - imperceptibles, de otros humanos insertos en su cuerpo, su ropa, en los oídos, en la boca, en las comisuras de sus ojos. Entra al (acá invito a Vds.: en realidad Vds. es sólo un ejemplo, un acondicionamiento laboral; bien puede tratarse inclusive del trabajo que Vds. realizan cotidianamente) edificio más alto, más cercano, a ganarse su salario miserable. El Misantropoide sube entonces unas graditas pensando detenidamente en lo que hace, en su trabajo en general y su función en este mundo. Mira con una sonrisa torcida a través de los cristales. Mira la calle, la gente, los autobuses, los vendedores esperando vender en alguna parte sus dulcitos. Cada espacio funciona extensamente para desesperar, para cosecharse, en esencia, una, otra personalidad. A partir de allí queda únicamente la bipolaridad, la alteridad de nuestro Misantropoide. Queda aceptarlo en cada momento que se presente nuestro maravilloso, íntimo Misantropoide. En esta ciudad es muy fácil de encontrarlo. Omnipresente el Misantropoide. Pluricultural el Misantropoide. Cristiano el Misantropoide. Oligarca el Misantropoide. Tercermundista el Misantropoide. Católico el Misantropoide. Humano nuestro Misantropoide. El Misantropoide…
Dificultades técnicas: DOS, Windows, Gentoo, Debian, Linux, el disco duro al traste. Plus: una mudanza, la invasión de cualquier espacio, el mío. Buscando un rincón donde escribir, un cuichitril primordial forrado de asbesto, graffitti, papel, la búsqueda de un rústico y mediocre cuadernito además. Reparando mi teclado, la PC... Escribiendo para elacordeón, elPeriódico, LunaPark, La Virtual Alteridad, un cuento, una novela. Escribiendo... eso, escribiendo.
Buscar el tiempo para estar enfermo un poquito más. Un poquito más.
La transmisión no es operacional, mientras tanto el conato de suicidio en blog. El conato de re(des)aparecer.
Allí estás. No sé cómo, no me lo imagino, no quiero ni siquiera recapacitar. De nuevo, la respuesta a una ligera pregunta es, por supuesto, una, otra pregunta kilotónica y relativamente sufrible, es decir, incluso digerible, es como rendirse, así, con un ¿Qué más da? En serio. ¿Qué más…? Debía pasar. Es latente, un sentimiento inalienable. Tantas líneas para nomás decir que te deprimes. Que estás deprimido. Vamos.
Cuando te deprimes, te gusta ir mucho al centro comercial. Un centro comercial te funciona como clínica de depresión. Sobre todo porque te deprime todavía más. Te hace sentir realmente mal. La gente llega, busca, encuentra y se siente feliz. Por el contrario, nada te puede causar gracia. Es así, no sé, no deseas nada de esta vida, de este mundo. Es así, básicamente igual. Cada vitrina está diseñada para crear un efecto de vacío, de desiderátum incontrolable. Reflejos axiomáticos de bondad y estímulos llenos de felicidad. Miras, remiras, vuelves a mirar y nada. Buscas, rebuscas, vuelves a buscar y no. Te sientes defectuoso al ver que no encuentras nada que te guste, que te haga sentir algo: afecto, emoción, aprecio, conmiseración, apego. En realidad buscas algo de normalidad. Pero nada, la vitrina es un espejo aún más vacío… lleno de tu vacuidad, es en completo indiferente y fantasmal. “Pase adelante”, te dice la señorita. Por qué te molesta, por qué no te deja de chingar, estás viendo nomás. Si tan sólo supiese ella que andas buscando un poco de humanidad, un efecto de humanidad, algo que desde luego ella no te puede ni te podrá vender. La maldices mucho por eso, a la maldita. Y la maldita se vuelve a entrar, sí, a su local, lleno de lucecitas, decoraciones, ropitas, camisitas, zapatitos, de cosas harto bonitas que te hacen vomitar. Cosas que los demás humanos llevan con un rictus encomiable, una risa categórica y cínica, en absoluto un síndrome de muchísima autoestima. Andan con sus bolsas llenas de cositas lindas, atropellándote, devastándote. Te hacen sentir mal.
Tienes a full todo tu crédito, y el banco llama entonces con preocupación (Tienes a full tu buzón Tigo de mensajes), te dicen: “Buenas tardes, le llamamos del Banco Industrial para chingarlo con una molestia sabe… nos preguntamos si aún está vivo el señor O., su crédito está intacto desde que nos vino con la cuestión de aumentar su crédito. Estamos muy apenados y quisiéramos ver si el señor O. no ha fallecido en los últimos días. Esperamos con gusto alguna respuesta”.
Les devuelves la llamada de inmediato para contarles tímidamente que estás… vivo. Que andas tímidamente aún acá.
¿Qué haces acá?, te lo preguntas constantemente. Y no te refieres a un “acá” de centro comercial, sino a un “acá” más general, ecuménico, lleno de ubicuidad… Y te lo preguntas atascado, digamos, muy pegado –muy patético en realidad– a una banquita, de ésas, para descansar. Claro, no descansas.
¿Qué putas haces acá? Sí. Eso. Y no lo sabes. Entonces te dedicas a hilvanar una suerte de propósitos y sentidos de existencia. Sentado allí es mejor. Es la plenitud de la nulidad. Y no tienes una sola idea. Una sola idea en el universo. Nada.
Pero, vamos, debes ser optimista, muy optimista: has venido a deprimirme al centro comercial. Has venido con ese deseo, fabricándotelo cariñosamente a cada instante. Parece que lo has conseguido. Eso sólo te puede gustar. Al final eso era todo. Incluso sonríes y no te das cuenta. O Quizás y sí. Sí te das cuenta cuando regresas a tu casa: cargas 20 bolsas llenas de productos, de cosas y aparatos, de libros y cd´s, de ropa y artefactos. De todo eso que nunca te va a servir. Lo piensas, lo repiensas y lo vuelves a pensar…
Te sirves un café, casi a la media noche. Esperas así, a que de alguna forma amanezca.
Sólo te puedes enfocar en lo poco que has podido conseguir. En lo insuficiente, parvo, exiguo e insignificante que te sientes. En cómo te deprimes. Vamos, otra vez.
Y a veces, todo se va al traste. Entonces no planeas. No tienes ese as bajo la manga, lo buscas pero no aparece. En realidad es inútil, nunca lo has tenido. El plan B se ha estropeado colateralmente al plan original en conjunto del plan C, D, E, F, G, etcétera. No tienes una sola idea. Se agotan las disposiciones neurálgicas y no te logras enfocar. Exploras los bocetos, las analogías, los textos, los intertextos dispersos, inacabados: te lees todo el ordenador, buscando, buscándote, es la verdad. Nada logra convencer. La prosa es la misma cosa de siempre, ya no resulta original, incluso te aborda una digna basca, ordenas cada una de las ideas de autodesprecio (el suicidio como alusivo indiferente, primordial espectáculo como espectacular y normalizada reticencia). Ya no tienes nada qué ofrecer, en realidad nunca lo has tenido, y en ultrarealidad a nadie le puede ya importar. Hace tan poco tiempo tenías un repertorio lleno de subjetividades, de oraciones, de personajes coléricos, enfermitos, atrofiados, intranscendentales. Tenías una carpeta llena de eventualidades que inconscientemente, con un clic, desapareces de cualquier tipo de forma digital: lo que nunca ha existido fuera de la objetividad electromagnética, analógica: ahora un 0 y luego un 1 o quizá otro cero y otro cero y otro cero en secuencia fundamental, sí, la documentación entera de la nulidad, lo básico, lo sufijamente “pre”, lo “ante”. El reflejo de intuir el unomismo. Entonces nada, no hay conexión, tu cerebro no responde a simples estímulos y terminas golpeándote la cabeza con una cuadrada batería de nueve voltios. Así, la verdad, del patético electroshock. No existe la reacción. Luego, lueguito observas el mundo, la calle, una coladera, un accidente, un asalto, una adolescente prostituyéndose, un bebé abandonado, un asesinato, cualquier cosa (es que no te queda otra cosa)… y continúas sin temáticas o lúbricas ideas. De pronto te distraes, todo te distrae: miras una nube; modificas un pantalón; aprendes a instalar un nuevo sistema operativo; terminas otro videojuego; incluso lees; matas tres neuronas frente a un televisor; te masturbas rompiendo tu propio récord; ordenas el apartamento; te rasuras, te cortas las uñas de los pies; buscas un martillo y te arrepientes de martillarte el testículo derecho, también el izquierdo, pasas del grito al llanto en modalidades sumamente alternativas, llenas de viceversa; destruyes tu radio y te quedas en silencio, sin soundtracks, sin nada; practicas histriónicas y reflexivas gesticulaciones en la tapadera de una olla de metal; te bañas catorce veces seguidas, fundes el calentador; enciendes todas la luces de la casa, apagas todas la luces de la casa, vuelves a encender todas las luces de la casa, vuelves y las terminas de apagar; resuelves ocho integrales triples trigonométricas en el plano de los números imaginarios (c); enciendes todos los chorros de la casa, apagas todos los chorros de la casa; abres todas las ventanas de la casa, cierras las ventanas de la casa, abres todas las puertas de la casa, cierras todas la puertas de la casa, abres todas las gavetas de la casa, cierras todas las gavetas de la casa; te llenas, te quitas la ansiedad; te vacías, te embotas de ansiedad; sales a caminar, estás cansado y aún así consigues coordinar: caminas la calzada Roosevelt y no piensas en nada, al final te dan ganas de regresar, en efecto, regresas: llegas a la 18 calle y aún no tienes una idea, te cansas más, ves a la gente: estúpida gente; abordas cualquier autobús, terminas la ruta del autobús: no sabes entonces dónde estás, “servidos”, dicen; bajas, te bajan; de nuevo la condición de incertidumbre; oscurece. No sabes cómo regresar. O a dónde vas. O dónde estás. Haces pausas, pautas en zonas que te parecen familiares, por lo menos conocidas. Buscas un reloj, no lo tienes. Buscas dinero en tus bolsillos: nada. Debes continuar… Ya no quieres continuar. Te recuestas en una acera, esperas a que por lo menos amanezca. Padeces frío, claro, una helada mental. Te preguntas para qué escribir, te lo preguntas a cada rato. No perteneces a ningún colectivo, y por supuesto que nunca lo harás (Dios nos libre de ello). Sueñas con ello: “Ello, eso, estos: publican: son felices. Resulta estúpido leer poesía de formas tan obscenas, en un café, en un chupadero, en un escenario. Eres tímido, todo te da igual…algo. De todas formas escribes mal. De todas formas no te interesa su amistad. Ello, eso, estos: son felices, publican, publicarán”. Interregno y amanece al fin. Dejas de soñar. Te ubicas, sólo te queda caminar. Tres horas y tus zapatos pierden brillo cada vez, cada paso. Más horadaciones, más desgaste. Tu alma, si es que existe, gasta su existencia. Llegas a casa, fastidiado, lleno de mal humor, insoportable. El sol se incendia en tu jodida epidermis. Entras. Investigas dónde recostarte. Dónde acumularte. Estás tan agotado que no consigues sosegarte. Te levantas otra vez. Te duele todo, otra vez. No hay comida en la nevera, otra vez. No hay nada en ningún lugar, otra vez. Y entonces te pones a escribir (otra vez): escribes sobre cómo ya no puedes escribir. Lidiando sobre cómo no tienes más talento, sobre cómo no puedes ya escribir… lidiando una última, una primera vez.
Hoy sí hijos de puta. Bueno, en realidad la frase completa era así: “Hoy sí hijos de la gran puta”, y sí, es Clauss el que la dice, muy a gusto, explayando su nerviosa mirada sobre el maldito lago de Atitlan. Un hoyo en la tierra con un montón de agua, y ya. Clauss va descendiendo por unas pendientes empinadas, llenas de curvas, en una camioneta más bien ultramediocre de tercermundo. Clauss se distrae unos cuantos segundos en el atardecer y piensa en lo estúpido que ha sido desperdiciar tanta poesía, tanta narrativa, tanta mierda en esa rutinaria y fea acción del sol, de la tierra; de los dos. “Sin duda el atardecer es una cosa sobrevalorada; lleva más de mil millones de años haciendo la misma maldita cosa: se parece mucho, digamos, a la humanidad”, pensó mientras se tiraba un pedo sin inmutarse más que para poder ver la reacción de los demás pasajeros. El estoicismo aromático de los pasajeros era maravilloso: rostros llenos de basca y bonita displicencia; alguno que otro se tapaba la nariz.
Al fin, Clauss llegó a Panajachel. Se bajó del autobús un poco acalambrado, con una pierna dormida y una leve náusea en la boca del estómago. Se sentía cansado. Le cansaba casi todo en realidad. Le cansaba lidiar con su trabajo de Call-Center, de atender a tanto gringo imbécil. Se cansaba de no poder dedicarse a las partículas elementales, a las bombas atómicas. A su licenciatura en Física Nuclear. Se cansaba de ser humano, le cargaba mucho la humanidad. Estaba harto, muy harto de los demás. En ese momento sólo podía llegar a sentir un rotundo asco por Panajachel. “Qué nombre tan feo”, y escupió. Le esperaban unas divinas vacaciones en aquel cutre lugar; se resignó. Había reservado, y de ninguna manera iba a perder tanto dinero por un capricho convencionalmente muy suyo.
La calle Santander es un lugar cósmico, sí, muy cósmico lleno de gente alucinada. Transeúntes que dominan las artes esotéricas de la estupidez humana: hippies, new age, más hippies, alguno que otro autóctono con una sonrisita de hipermercado y subsistencia por demás idiota, y quizá un 10% de turismo tradicional. Vamos, el lugar es feo, dejemos de engañar. Y Clauss es el primero que lo siente, en carne propia, así, caminando entre tanta gente, que mira, que compra, que simplemente está allí.
Por suerte, Clauss un genio, no se quedará mucho tiempo en ese lugar. Ha venido a divertirse muy, muy a su manera. Le frustra no conseguir plutonio 239 para cada uno de sus proyectos, y claro, no desea terminar imitando a su artista plástico por excelencia: Timothy McVeigh. Su método de relajación ante tales eventualidades es bastante puro, raro y por primera vez –según él–, bastante realizable. (Es maravilloso cuando un personaje hace lo que quieres.) Clauss, frente al lago, en un ridículo muelle, se dirige a San Pedro, paraíso de drogadictos y gente que quiere cambiar el mundo inhalando coca, fumando, phloripundiando, etc. Clauss, muy sonriente, muy cínico, ha abordado una lancha hermosamente desvencijada.
En el centro del lago, a mitad de la nada, se esfuman los últimos rayos de sol. Vaya estupidez, continúa firme Clauss, viendo a su alrededor, en un vaivén semoviente provocado por unas ridículas, minúsculas olas. Y Clauss puede sentir cada vez más cerca su misión, su relajación terapéutica: Chingar muchos drogadictos.
(Habrá algún imbécil que en este momento se diga que Clauss es un moralista.)
Desde el muelle, Clauss fue recibido por infinidad de distintos personajes. Todos besaban. Todos aplaudían. Todo era singularmente bonito. Arriba, una manta: “La lancha del fin del mundo: Rave de la luna llena”. Cuánta, cuantísima felicidad sintió Clauss al enterarse de tal noticia. En efecto, una luna redonda, brillante, blanca y sobre todo simple se posaba entre las nubes. Pronto llegó “La lancha del fin del mundo”, Clauss y un grupo de seres estrafalarios, muy cómicos, llenos de abigarrados colores y altamente hediondos abordaron la lancha junto a un complejo cargamento de hongos, phloripundia y mucha mota. Los hippies saboreaban y comentaban encantados. Unos homosexuales buena onda, se convidaban un porro de marihuana, no obstante, Clauss los observaba desde otra perspectiva muy singular: los veía abrazarse, besarse, ser felices. Clauss sólo podía llegar a sentir una envidia muy profunda ante tal lección de pureza del amor. Los homosexuales buena onda, eran buena onda, en fin.
Al descender de “La lancha del fin del mundo”, todos caminaron alrededor de 15 minutos, por un sendero bastante resbaloso, feo, sinusoidal, muy heterogéneo: la naturaleza apesta en distintas dimensiones. Clauss caminaba acompasado, entablando diplomacia y siendo políticamente muy correcto, es decir, fingiendo, siendo un farsante. Clauss dialogaba con el hippie principal, un hombre reencarnado (según él). Venía, dijo, de ser una serpiente. Clauss guardaba con demasiado esfuerzo todo intento de cagarse de la risa. Aquella actitud de panteísmo mediocre era realmente divertido y de inmediato pensó en su propia metempsicosis: “Alguna vez yo fui una piedra”, dijo, en efecto, viendo una piedra. “Ser una piedra debe ser algo en verdad bonito, toda una experiencia”, musitó para sí con auténtico sarcasmo.
Luego de un rato, cuando casi oscurecía por completo, llegaron al lugar de la actividad: el Rave. El hippie principal introdujo a Clauss en una tienda de campaña. Se había ganado su confianza, Clauss era un maldito genio. Los había engañado a todos.
En la tienda de campaña: un círculo muy estúpido: al menos diez hippies compartiéndose papelitos impregnados con ácido: alucinaban. El hippie principal se sentó con ellos. Clauss igual, unos segundos más tarde. Afuera se escuchaba una música psicodélica, interminable y asquerosa: la música de Goan. Era como para sentirse molesto, una canción después de otra, cada una con una duración de 10 horas, cada una muy parecida a la anterior. La gente, afuera, estaba como bruta, cantaban mierdas a la tierra, además bailaban. Era patético.
“El círculo de la amistad y la confianza” (así le llamaban al aparato donde estaba el pobre Clauss), empezó a integrarse a una nueva dimensión. Un imbécil miraba a la figura del Ché Guevara en una pared. Está lleno de color, decía, besando apasionadamente la pared. Otro idiota buscaba una de sus vidas pasadas: “en el samsara”, decía. Una hippie hedionda se fijó mucho en Clauss. Se metió cinco papelitos ácidos en el hocico y fue a sentársele justo a la par. La hippie apestosa, de rastas apestosas sonreía, y se relamía de placer artificial: “¿Celebras tú, el 20 de octubre?”, preguntó. Clauss le dirigió la mirada, era bonita la hippie asquerosa, sin embargo, altamente estúpida en sus comentarios. “Sos una estúpida”, dijo Clauss mientras la tipeja entraba en trance, en cruce: mota plus ácido plus phloripundia plus cualquier barbitúrico. Convulsionaba oscilante, realmente bonito, armónicamente, pensó Clauss al verla retorcer todo su cuerpo con un rictus histriónico en el hermoso rostro golpeándose alternativamente contra el suelo. La dejó ser, estar, convulsionar, realmente fascinado. En cuanto el hippie principal dijo que veía a Jesús en todas partes, aquello era el colmo de la estupidez; Clauss vio la pertinencia del momento para empezar con su misión: Un mal trip. Se orinó a cada uno de ellos, defecó en uno, en el hippie principal. Clauss encontró un encendedor, un cigarro: los empezó a quemar por ratitos, por poquititos. Gritaban, pero no tenían contacto con la realidad, incluso parecían felices. Clauss se divertía mucho llevando a cada uno de ellos a cierta y desconocida parte del bosque. 10 viajes atrofiados, dispersos. Uno en una cueva, otro en una de las orillas del lago, otro en la lancha, otro muy cerca de un acantilado (había que tener confianza en el acantilado, la suficiente). Así sucesivamente, todos en un mal trip: El círculo de la amistad y la confianza, completamente al traste. Excelente.
Finalmente, Clauss llegó al muelle y descansó. Observó la luna llena, las estrellas, el lago, los volcanes. Luego escuchó unos gemidos, gemidos humanos al parecer. Se asomó por uno de los bordes acuáticos del muelle y contempló dos cuerpos: los homosexuales buena onda estaban a todo lo que da, estaban fornicando. Media hora más tarde se retiraron. Clauss, acostado en el muelle, se sintió reconfortado. Pensó mucho en si debía aniquilar a todo aquel alucinado colectivo. Sería muy fácil, sí, tomando en cuenta el estado mental de cada una de aquellas creaturas. Escuchaba el ruido de las olas, alguno que otro grillo por allí. Se acurrucó. Pasó una hora así, en posición fetal, analizando la situación. Había un fresco agradable, templado. Antes de quedarse completamente dormido, Clauss se masturbó, eyaculó un poquito, muy a su pesar, casi al instante. “Es una mierda”, sugirió Clauss al mundo, al universo, antes de sonreír y tomar una decisión:
“No, no vale la pena. No vaya a ser que realmente tanto imbécil termine reencarnando y entonces… Dios nos libre”.
Se durmió, esperando tranquilamente otra oportunidad...
Joder, inició todo de nuevo. Todo. La conferencia. Maldita sea. Sí. Y Válgame, hablar de Linux y Gentoo durante 9 horas seguidas. Códigos fuentes. Programas. Repositores. Software libre. Ubuntu. Etcétera. Vaya estupidez. Es lo malo de ser bueno en lo que disque haces, te mandan a un simposio aburrido en el puto culo del universo y no te da tiempo de digamos escribir en tu blog (cuando por fin tienes tiempo todo se te cae a pedazos), al menos la empresa lo tiene todo cubierto. Por tanto lo mejor es abusar, sí, un vinito 1787 Château Lafitte (para sonar mamón y que uno sabe de vinos finos), no nos sienta nada mal. Sin embargo la empresa no cubre la resaca. Pero ahora con resaca y todo no queda más que intentar acomodar el asiento en su posición vertical y soportar la reanudación de lo que supuestamente hemos venido a realizar: olfatear cuán bonito apestan nuestros asteriscos, nuestros pedos, quién, por ejemplo, tiene el mejor olor, ¡ah todo es tan bonito!, de verdad, que da asco. Claro, no podía faltar el aguantar a los expositores, gringos en su mayoría (si bien interpretamos que gringo es todo aquel medio canchito que venga de alguna parte remota a explicarnos cómo sobrellevar nuestra deficiente existencia). Incluida la lástima europea por el tercemundo, en fin, puede ser. Gringos les dicen/decimos. Qué más da. No importa. Al parecer somos incompetentes y los necesitamos. O no tenemos una sola idea (sólo puedes concentrarte en tu lap-top encendida cientos de metros más arriba, en el hotel, compilando miles de líneas de código pensado en un proyecto elemental).
“El Kernel de GNU/Linux”, dice el imbécil del expositor, vaya tipo tan pedante: ¿A qué le olerá el asterisco me pregunto yo?, debe oler realmente lindo para que ande vomitando tanta genialidad y una serie de cosas que cualquier tipo enfermito de computadoras ya lo sabe, es decir, nuestra generación: “es –dice, refiriéndose todavía al Kernel– la parte fundamental del sistema operativo que utilizan nuestros servidores”. (Sí, admítanlo, lo han adivinado, la conferencia trata sobre los nuevos servidores utilizados por la empresa en plataformas Debian de 128 bits.) El tipo lleva más de 30 minutos explicando qué diablos es un jodido Kernel. Que coma mierda. Nos subestima el pisado, tanto como para no poner más atención…
…Los participantes… interludios de los déficit de atención. Humanidad. Sondeo.
La verdad es la vez primera que me fijo en el vecino que tengo justo a la par. Un tipo obeso, sin gracia. Un rostro acnéico al que seguramente ninguna mujer se ha querido acercar. Todo un arquetipo. De aquellos que si se les antoja cierto día pueden destruir el mundo. Cuando la sobrevalorada felicidad es realmente imposible lo único que le queda a alguien es imitar involuntariamente la vida de HP Lovecraft para toda la eternidad. Esconderse en una concha, qué más da. El tipo suda; además mira incómodo a su alrededor. Prevalece, digámoslo de una buena vez: aterrado de participar, de involucrarse, interactuar y por consiguiente de llegar a sufrir. Tendrá a lo sumo unos 50 años. Vamos, el tipo ha sufrido lo suficiente para verdaderamente no intentarlo una vez más. Indiscutiblemente es el encargado supremo de alguna ultrared importante en cualquier empresa transnacional a nivel latinoamericano. Alguna cosa así. Pero no tengo ganas de preguntar. Llevamos una semana encerrados aquí, en la convención, compartiendo y respirando el mismo espacio y es la primera vez que tomo consciencia que alguien más existe de alguna manera. Por suerte el tipo es algo interesante. Una rareza.
Por lo demás, quizá demasiada normalidad en los participantes. Personas profesionales, anónimas y ninguna clase de aparente neurosis. Su status es de bienestar y se puede intuir que no poseen realmente nada qué perder. Opinan, ofrecen ejemplos, comentarios, representan su procedencia con una sonrisita turista y esencialmente hermosa. Personas o estados de persona a los cuales no se antoja deseo alguno de aspirar, es decir, abúlicamente aceptar tu incapacidad de llegar algún día a ser como ellos. Estables mentalmente. Luego, la charla terminó con algunos aplausos. Regresamos al hotel. Debo admitir que el primer día de mi estancia sentí una leve emoción al entrar en mi habitación en un piso 78. La habitación era la 788. La vista, desde allí, era un precioso privilegio. Un panorama para esperar con ansiedad el choque de los aviones contra el edificio. Un avión bien puede penetrar con facilidad el piso 78, me dije. Sonreí como un idiota unos momentos y luego recuperé la realidad. Por supuesto, recuperar la realidad requiere de un esfuerzo sobrehumano y no lo conseguí inmediatamente. Encendí el televisor y la realidad era aún más dolorosa: un reallity show mostraba un zoológico de humanos fingiendo la verdadera realidad, la nuestra. Supongo que el modo de fingir a la humanidad de esa forma resulta ser un excelente paliativo. En efecto lo es. El programa de televisión me causó tranquilidad, cierta paz. No tenía qué fingir. Otros lo hacían ya por mí. Sin embargo no pude sonreír o no pude darme cuenta si lo hacía, en fin.
Llegados al hotel, me resulta difícil compartir un elevador. En lo particular, no me gustan los espejos en un elevador; compartes ese armatoste incluso contigo mismo y es en suma molesto. Presioné “78”. El ascensor se detuvo en el piso 4. Al menos 4 tipos de la convención abordaron el ascensor. Hablaban de lo bonito que era Linux y organizaban una tesis sobre un código fuente en específico. Traté de esconderme pero era inútil, pronto me detectaron.
A parte de ser humano otro de mis defectos es tener una extensión .gt y que mi supuesta identidad esté concretizada en la forma de una estúpida cerveza. Lamentable es darte cuenta de cómo funciona. Lo efectivo con que se presenta ser.
Devolví una mueca afirmativa, de mala gana. “Gallo”, dijo otro de los tipos. Me sentía residual y al mismo tiempo consistente. Imaginé a Warhol dibujando sus sopitas Campbell y por supuesto en cada uno de los íconos que representan a-priori a la humanidad. Era innecesario huir de un concepto pop. Lo mediático contrapone una identidad ante el mundo. Es una cuestión de dejarse llevar, de rendirse, de ser fundamentalmente algo pop. Antes de bajar en el piso 70, los tipos intentaron establecer conversación. Fue algo cómico, en verdad lo intentaban. Esperaban respuestas largas, incluso coherentes. Pero ya estaba fastidiado, te hurgan en el fondo un sentido fonológico y amable, una comunicación trivial de saludos y un te olvido luego. Eres sincero y con eso basta para que toda tu personalidad los ofenda. Así que mejor y quedarse callado. No valía la pena. No.
Cuando por fin el ascensor llegó al piso 78 presioné el botón L. Regresé al Lovy sin pensarlo, fue una condición axiomática. Regresé. Intenté pedir un almuerzo en el restaurante. En ese momento el tipo interesante se sentó en una mesa muy próxima a la mía. Un tipo acomplejado, nervioso, quizá un escritor. Su rostro asimétrico sería el paraíso de un artista enajenado, un Peter Witkin por ejemplo que necesitaría la evidencia de ese fenómeno. Chinalski y sus enfermedades cutáneas quedaba corto ante ese asco de epidermis. Por supuesto, me sentí conmovido, tanto como para sentarme con él. Balbuceaba cosas incoherentes. Entendí cosas en parte, así, cortocircuitadas. Se veía que el tipo no hablaba con nadie hacia décadas. Le costaba mucho articular una ridícula palabra. Y sin embargo se atrevía, lo intentaba, era tan patético escucharlo hablar. “El ser humano sólo puede ser feliz directamente proporcional a su íntima capacidad por engañarse”, dijo. El tipo interesante pidió una quesohamburguesa doble. Yo me limite a pedir un refresco de cola. Luego, el tipo comenzó a redundar en una tesis sobre las babosas, sobre la retractilidad de los ojos en las babosas, sobre sus caparazones y sus rastros repugnantes. Mencionó algo sobre la última cena, en fin, me produjo incomodidad. Resultaba fácil entender su soledad. No lo mencionó, no tuvo que decir nada. Era como leer un libro facilito. El tipo era un enfermo. Por qué, para qué ayudarlo. Decidí callar y dedicarme a contemplar cómo devoraba su hamburguesa. En cierto momento, estadísticamente parece, la convención entera bajó al restaurante. Mandrake, Red-Hat y Linux por aquí, que Debian o Gentoo por allá. Gente muy normal, muy engasada. El tipo interesante me pidió disculpas. Me pidió además que le hiciera un gran favor. Mencionó algo de la amistad con la quesohamburguesa atorada en la garganta. Sus ojos vibraban, parecían en suma agradecidos. Agradecidos por no sé qué. Esa fue una expresión sincera. Luego, mientras el restaurante se llenaba de gente, de participantes, me pidió que fuera a la sección de la recepción. Su habitación, dijo como meditando en el azar, era la número 788. No le quise refutar, simplemente supuse que me quería lejos. No importaba en realidad. El tipo daba asco.
En cuanto me levanté, el tipo interesante empezó a registrarse los bolsillos. Sacó su pasaporte, su documento del IFE, y quedó pensativo. En realidad yo me dirigí a los ascensores, quería regresar a la habitación. Pero algo me entretuvo. Venía del hotel, del restaurante. Mucha gente gritaba. Mucha gente corría. De inmediato me interesé. Por mi seguridad, sin saber por qué temer, me escondí detrás de una columna. En el restaurante, el tipo interesante se movía con tranquilidad, entre las mesas. Y de pronto: estalló. Una frecuencia en feedback de 60 decibelios se incrustó en mis oídos. Una sempiterna frecuencia de casi 20KHZ palpitaba fuerte en mi cabeza. Los cristales, las sillas, los cubiertos, todo, todo había desaparecido. Sobre todo la gente. Había un extraño silencio proveniente de aquel lugar. Un silencio, lo admito, muy hermoso. En cuanto las ambulancias intentaban alcanzar un epicentro imaginario, sólo pude retraerme, introducirme en el ascensor y buscar mi habitación. El edificio se estremecía. Buscaba la frecuencia armónica de su destrucción. Supongo que tuve suerte de llegar al piso 78, ir a la habitación 788, verme unos segundos en un espejo, tomar mis maletas y regresar a la planta baja. Tomé un taxi unas cuantas cuadras alrededor. La ciudad era un completo desastre. “Me largo para siempre de este lugar”, pensé. Cuándo la voz de la radio comunicaba el aparente desplome del edificio, simplemente le pedí al taxista que apagara el noticiario. Supongo que se molestó. Yo no quería saber nada de este jodido mundo. Nada.
El tipo interesante me lo hubiese agradecido con elocuente sinceridad.
En el aeropuerto, todos los vuelos estaban suspendidos. Ni modo, a buscar otro hotel cualquiera. Recordando no cometer el error de hablar con alguien. Recordando esa libertad.
Sobre todo esperando no toparme con ningún tipo interesante.
Es de suponer a veces que el corazón aún me funciona. Funciona convalecientemente y son temáticas tan ridículamente breves como para jamás desperdiciarlas en literatura. Y es que a veces pienso que tengo una vida real. Sin alteridad. Es cierto que resulta incómodo. Lo cual es poco reconfortante. Por lo general ando sacando espuma por la boca ante los tópicos humanos. Las cosas suelen ser desagradables en suma. Así que ¿por qué intentarlo? Con alguna sinceridad: eso. Igual, es de plantearse la posibilidad del fracaso constantemente. Vivir a través de la desilusión, la negación y por supuesto el hastío. Pero vamos, con ubicuidad nada me gusta. Salvo por el arte, la escritura y algo de ciencia (antes de la frustración) la vida es algo incluso soportable. Una mierda soportable y nada más. Pides pero olvídate de recibir, pides pero no tienes nada para dar, por supuesto hay que tener las ideas claras: jamás nadie te lo pedirá. Ser un mal prospecto incluye dedicación y cierto esmero. Ser un mal prospecto es axiomático: como una predisposición genética. Exactamente lo genético. La inteligencia, si es que eres inteligente, cosa que dudo y no puedo nada más que dudar con alguna inconmensurable sempiternalidad, ante un prospecto genético inadecuado (cada día mi joroba crece más, es bonita, la lavo, la peino, la quiero, la acicalo además), sí, la inteligencia no sirve para nada. A veces es atractivo suplantarte con la condición de un tarado. Admito que es fácil, muy fácil diría yo. Pero conlleva ver reflejado tu rostro diariamente en los rostros que suben y habitan en un autobús (guatemaltecos en todo caso), jugando con la aceptación, tratando de imaginar, no, de vivir sin refutar lo mala y mierda que es esta ciudad. Entonces no vale la pena. Por favor, dicen, hay que creer en tu país. Por favor, digo, hay que dejar de creer en la humanidad, en este planeta. Pero soy filántropo, sí, en la medida que la humanidad me divierte, sólo puedo divertirme con ella. Divertirme hasta la lástima. Claro, soy el primer imbécil que me causa gracia, desde el amanecer en un espejo hasta el anochecer en el mismo maldito espejo. Sin embargo no tienes amigos. En cuanto piensas que consigues alguno, no te debes de fiar, ellos no se fían de ti. Trabajamos así, funcionamos así, las intervenciones tandémicas de bonita desconfianza. Interrelacionar requiere de esfuerzos aún mayores. Y hay que sobrellevarlo con intervalos exactos de cinismo. En algún grado es la única forma de sobrevivir. Y aunque la humanidad no me funciona a mí, lo que quiero decir, es que al parecer aún me queda un poquito de humanidad, en alguna parte, telarañas, alcantarillas, resalta desde una zona subnormal. Incómoda zona subnormal. Y allí estás, sin darte cuenta, siendo estúpidamente vulnerable.
Anexo: Dissect a trillion sighs away Will you get this letter? Jagged pulp sliced in my veins I write to remember Cause I'm a million miles away, Will you get this letter? Jagged pulp sliced in my veins I write to remember... I write to remember... My right to remember...
Allí nomás, JH esperando. Llegó temprano al concertado encuentro. Claro que JH llegó sin ninguna especie de emoción. El lugar, la cita: un Burger King en la San Juan, en Gran Via. JH es un blogger que recibe de vez en cuando correos extraños, más que cualquier cosa: sacadas de madre. Pero esta vez, un correo aún más extraño. Una blogger seudónimo KL ha estado enviando una prosa nauseabunda, cáustica, llena de asesinos, muertos, esquizofrenias, atentados terroristas, sangre y una prosa envidiable, sumamente exacta, taxativa y breve a su email. La blogger se lo propuso en el pequeño y más pútrido cuento que mente humana ha podido realizar. Algo sobre una conflagración instantánea con matices de sexo y cuartos de hotel. Kl redactó la posdata: Burger King, Gran Vía San Juan. 3:00 pm. 2:45 pm, JH se pregunta qué diablos hace en ese maldito lugar. Hace mucho tiempo que decidió alejarse de cualquier contacto. Los humanos solamente conllevan toda una suerte de problemas. Y cada protocolo de interacción es en suma algo desagradable. Sin embargo Kl escribe bien. Realmente bien. JH disimula el hastío de la espera. 2:55 pm, el empleado viene a chingar: –¿Va a ordenar algo, disculpe? Tendré que pedirle que se vaya. Indiferente, JH, lee elPeriódico; “Anuncian Premio Nacional de Literatura 2008”. El empleado le quita el diario. JH no hace absolutamente nada, no se defiende y parece no interesarle el asunto, en todo caso por evitar un roce humano. Esto no vale la pena, la misma mierda de siempre, piensa JH observando alrededor, como buscando a alguien. La facultad de sentirse patético. 3:00 pm, una chava ha entrado en el Burger King insultando a la empleada embarazada de la puerta. Son insultos literarios, de los que no hieren y tampoco logran ofender. Es Kl, quién más podía ser: el cabello desarreglado y una T-shirt desteñida de MudHoney, en fin. No obstante, JH duda y se levanta. Kl funciona en scanning mode. Busca. Indaga. Entonces se fija en JH, escuálido, con cara de enfermo y lleno de horadaciones bukowskianas en todos lados. La cara de un escritor, se dice Kl. Es el pisadito. JH busca cómo retirarse, pero no ve salida posible. Kl, en realidad es bonita, extraña, pero estéticamente atractiva y nada del otro mundo. JH trata de pasar inadvertido, pero, maldita sea, el libro de Houellebecq se le cae al tropezar con una estúpida mesa. Y mierda, Kl no le cabe ninguna duda. 3:05 pm: -Dos combos españoles, por favor. Nada más. 3:10 pm: –Ahorro la semana entera y lo único que puedo comprar son estos malditos ecónocombos. –Sí, se ve. Pero el acuerdo del correo que te envié, era eso. Tenías que invitarme. –Lo malinterpretas. Un whopper vale por estos dos juntos. Un combo sólo para mí. –Qué gusto, soy una mierda. –Exacto. 3:30 pm. Ni una sola palabra. Simplemente masticar, sorber y masticar. 3:45 pm. JH, con gestos de repugnancia le pregunta si ha leído Sopa de Caracol. Ese libro es una mierda, una mierda, una mierda, dice Kl, gesticulando enorme displicencia. Sí lo sé, apunta JH, plagado de hastío, aburrimiento y papas fritas en el hocico. 3:55 pm, JH mira el reloj del restaurante, efectivamente la hora marcada es 3:55 de la tarde. Kl le cuenta que ella no cree en el amor, que le resulta de una inconmensurable estupidez. Y escribe una novela sobre ello, puntualiza. Esto llama la atención de JH. Que una chava hable de esa manera puede llamar mucho la atención, sobre todo, la de JH. JH, por fin, empieza a sentir comodidad. Una hora para sentirse cómodo, un récord, neuroanaliza JH. 4:00 pm, Kl y JH hablan sobre cómo no lo van a lograr jamás. De cada uno de los fracasos que van a cometer. De lo estúpido que resulta concebir un hijo. Mantener un chucho, un gato, un delfín. De los divorcios de sus padres y de lo optimista que se plantea divorciarse, sí. De cuántos abortos han visto cometer. De cuán imbéciles son sus primos. De cuán idiotas les parecen los yonquis, los hippies, los rockeritos, los sXe, la humanidad. En cuántos concursos literarios no lo intentarán. De cuántos libros no escribirán. Las novelas que eliminarán del disco duro de sus máquinas. Los cuentos inservibles en la USB. Los libros que no leerán. Los artículos que no publicarán. Los libros que no comprarán. Los pedantes intelectualoides que no conocerán. Del poco talento que posee cada uno. De lo realmente tarados que se ven diariamente en un espejo. Del futuro. Del no-futuro. De las cucarachas. De la guerra termonuclear. Los mutantes. El colapso del sistema solar. De Guatemala, no podía faltar. Finalmente, del suicidio de cada uno de sus blogs. 6:00 pm: –Cuando uno es un blogger, la gente sólo puede darse cuenta que has muerto cuando dejas de postear. Es la única forma. Por lo demás no les interesa nada más. –Tienes razón Kl. –Sobre todo, bloggers sin talento. –O sobrevalorados. –A menos que asesinemos, qué sé yo, a los dinosaurios, la prosa de ultraviolencia, del aburrimiento, de los raros y asquerosos personajes, la negatividad, la mierda, lo nada bonito, nunca verá la luz. Qué término tan feo – se ratifica kl -, mejor: nunca comerán mierda. –rendirse desde ya, entonces. –Exactamente. Faltará mucho tiempo para que, como siempre sucede en este paisito, nuestra generación manosee con el mejor de los nepotismos los círculos literarios. No hay que intentarlo. Ya no. 7:45 pm, salen del Burger King. Un niño juega cerca de ellos. El niño los ve con demasiado asco. Caminan. El guardia de seguridad da aviso por la radio: “son dos”, mirándolos de reojo. Afuera: la lluvia. Quizá lo único que aún es hermoso. Hablan de la lluvia acida, de la lluvia Bradburiana, de las largas lluvias, los monzones, los ahogados, las inundaciones, los deslaves. Ríen. 8:00 pm, JH siente algo raro al estar en la banqueta de la calle. Llueve, se moja, pero algo lo reconforta. Kl, mantiene sumergidos sus chapulines asquerosos en un inmenso charco. JH tiene hoyos en los zapatos, los pies se le hielan al estar esperando el autobús. Kl aborda un taxi, desaparece. Lo último que le dice a JH es: sería bonito poner una bomba en Tikal Futura; esta mierda de ciudad. JH asiente; allí viene su autobús. JH, en lo más profundo de su corazón, sabe, intuye que jamás se volverán a ver… Es lo mismo de siempre, lo normal.
Es casi medio día…; ya estoy suponiendo que ha llegado la hora de levantarse otra vez. El sol, joder, es, no sé, algo, una cosa que produce cáncer. Muy simple. Luminoso. Termonuclear sobre la ciudad. Otro día que no valdrá una pena, se acabará: y ya. Nada por qué atormentarse demasiado, inclusive eso: nada. Lo de siempre… una idea. Pero la verdad, digo, una sola idea habita en el más profundo resquicio de mi cerebro. Quizás en alguna parte cortocircuitada de mi sistema nervioso central. Es como una epifanía nerviosa y elementalmente íntima. Es idéntico a profetizar el punzante relieve del más ridículo de tus epitafios imaginados en tu propio y por demás estúpido sepulcro. En resumidas cuentas, es esa radical congestión de intuir que todo, absolutamente todo irá mal. Axiomáticamente, instintivamente. Así.
Sin embargo, es raro. Asimismo es bastante anormal sentirse descansado y apreciar que he conseguido dormir inclusive bien. Y lo raro no se queda allí justamente. 1) Te diriges al baño y orinar se siente beatificante. 2) La ducha ha sido templada por una climatización de ensueño. 3) Cagas, te limpias cuando cagas y hasta el papel queda de una blancura inmaculada, aséptica y acolchonadita.
El día te ha traicionado, es de sospechar.
Pero aún queda fe. Sí. La calle, en el 1er. nivel, es un maldito griterío. Uno de aquellos de “te voy a matar serote”, “tu madre hijodeputa”. Pero no, sólo son 2 compadres saludándose cariñosamente con un cariño muy machista. En fin, desde mi 3er. nivel intento almuerzodesayunar; y los huevos estrellados misteriosamente, por primera vez no han desparramado ecuménicamente su yema por todo el grasiento sartén. Vaya si hasta tienen buen sabor… Pero qué diablos le ha pasado al universo. Dónde está esa su tan jodida normalidad. Cómo, cómo puede ser si inclusive el disco totalmente rayado de Eels suena de puritita maravilla inundando de armonías, densidades apatías y sinestesias paranoias la habitación, el cutre apartamento entero. Es raro.
Me siento raro hablando acerca de lo raro que se pretenden algunas circunstancias. No soy una persona muy normal, supongo que no lo soy. Aún cuento con esta primordial condición. La gente se aleja, se repulsa. No puedes esperar y confiar en que alguien se detenga y se le ocurra demostrarte alguna especie de afecto, de apreciación. No es bueno confiar. La humanidad simplemente no me funciona así. Suposiciones mías de lo abyecto y lo evidente (¿por qué lo intento la verdad?). Motivado, me atraganto y termino ya de hartar. Y es que en la calle, ah los tambores. Y muchos imbéciles pintados de azul, de blanco y azul. Debe ser por el fútbol, sí, no puede ser otra estupidez. No obstante, es una estupidez inconmensurablemente mayor. Al parecer dos desfiles patrios, uno al norte, otro al sur; sus tambores, eso sí, desfasados no dejan fagocitar a gusto la canción de Eels. Malditos. Les voy a alegar. Que paren ya esa su mierda. No llevan el bit. Congestionan el tráfico. No dejan salir, bueno, a mí sí, pero a los autos no, mierda. Congestionan el tráfico (x2). Entonces allá voy. Del 3er. nivel al 1er. nivel, imaginando…: rompiendo un bombo, una batuta, un redoblante, una marcha. Y ya los padres de familia no me dejan pasar, aglutinados están en las aceras, miran, toman fotos con el celular. Un niñomarchante ríe cual idiota feliz, y [ clic ], la foto. Otro niñobombotambor le da durísimo a esa su cosa acústica, monstruosa, ríe, y [ rec ], la grabación para la posteridad. Lo mejor es buscar a los niños chiquitos. A los de párvulos. Con esos sí que me puedo defender. Y en esas estoy, buscando al pequeño niño al que sus padres no lo han venido a ver marchar. Lo malo es no encontrarlo (a mi jamás me fueron a ver marchar. Si me hubiese encontrado con un idiota como yo, de seguro y me lleva la gran puta. Sobre todo por el peso del pabellón nacional que aun ahora me pesa demasiado. Al siguiente año, la bandera del colegio, y nadie. Luego la bandera cristiana. Nadie otra vez. Así, peyorativamente mi situación). Pero luego de un rato: el día traiciona. Como que le ha agarrado la saña de no dejarme muy en paz. Sucede que, bueno, son dos desfiles, cierto. Pues que ambos colisionan. ¿Ha visto alguien colisionar dos desfiles patrios? Pues es harto bonito eso. Es encantador. Batonistaverde golpea a batonistaazul, y se arma la de… “dios es cristo”, diría un conquistador español limitando aún más la aparente libertad y nuestra profunda co-dependencia mediática. Niñoazul roza una nada con niñoverde, y eso es todo: una emocionante trifulca se lleva a cabo delante de mis ojos…
Lo ven, un día con fuertes sentidos de coherencia. Mejor y regresar a mi cutre apartamento, ése, que apenas y puedo pagar. Del 1er. al 3er. nivel. Hay que buscar qué hacer. De la calle puedo únicamente aprender a esbozar definiciones, rostros, gestos. Crear personajes pues. Es el medio particular que me queda para humanizar a la humanidad, humanizarme a mí mismo sobre todo. Interactuar. La sempiterna tercera persona sin importancia que observa todo desde, cómo no, una tercera dimensión. Subvencionarlo todo a una radical alteridad. En un 3er. nivel.
1er nivel. Abro la puerta. Subo las gradas. 2do. nivel. Más gradas. 3er. nivel. Donde vivo. Donde esperar la muerte. El 310. Al final del pasillo. Sin buena iluminación. Demasiado húmedo. Frío. Lleno de olores rancios. Un esperpento eléctrico. Un viejo lo habitaba antes. Nadie lo extrañara. Nadie lo extrañó. Murió. Se olvidaron de él. Así son las cosas. Así es, digamos, el final de la vida. A nadie le importará. Ocuparás un rancio apartamento. No habrás conseguido realizar nada bueno con tu vida. Y se acabó. La existencia se resume a concretizar oraciones cortas. O una mulada por el estilo.
Cuando llego: Eels suena en todo el 3er. nivel. He dejado la puerta abierta. Eso pasa. La música se comparte. Pero siempre hay más de algún pirado que no le ha sentado del todo bien. “Apague esa su mierda”, me dice 304. 304 parece molesto. 304, en realidad, está ebrio. Una forma de celebrar lo inútil. No le respondo por mera cortesía. Simple lástima. 304 viene detrás de mí. 304, en definitiva, jamás será un Chinalski. Es un simple imbécil nada más. 306, en el pasillo, está como alelado viendo la maravillosa escena: 304 persiguiendo a, pues, 310. 308, ebrio también, ha salido con un montón de cuetes en las manos. Enciende la mecha. Empiezan a explotar. 309, como metiche mujer, sale a ver qué diablos pasa. “Qué diablos pasa”, dice 309. La verdad no ha sido muy prudente quemar los cuetes en el pasillo de 2x20. 304 me da alcance. Pero 306 viene ahora detrás de él. 304 debe dinero a 306. 306 se lo exige. 308 sale envuelto con una bandera. “Viva Guatemala cabrones”, grita. “Es el grito”, agrega. Mejor patriotismo imposible. Seguro 308 ha visto mucha televisión. La televisión de 308 es en totalidad algo extranjero. Y por eso 308 es sólo un engendro de la televisión nacional. 306 parece realmente molesto. 304 se asusta un poco. Un poco porque es lo único que ha conseguido llegar a hacer. 306 le está dando una tunda. 304 cae. Al menos ya no nos molestará. 309 dice que llamará a no sé quién. 308 ayuda a 304 a reincorporarse mientras 306 pretende encargarse de los 2. 309 intenta calmar a 306. Claro, es en vano. 308, shute, empieza a recibir golpes también. Cuando la mujer de 304, con un muchachito en brazos, llega para ayudar: 310 llega a su apartamento y cierra la puerta. El apartamento 310 es algo parecido a una zona de desastre. En contraste de otro desastre exterior. Los desastres pueden contener profundos rasgos de humanidad. A 310 el mundo exterior le permite erradicar alguno que otro sentimiento por emanciparse totalmente de su humanidad. 310 sabe que su apartamento 310, corresponde a una suerte de bunker. Un bunker debería estar bajo tierra. Pero un bunker de elevación procura, más que salvación, estar muy cerca de la destrucción. De cualquier onda expansiva. La onda expansiva de una nota musical. De un desfile. De 2. De los gritos de la gente. La interactividad llega a prudentes paquetes cuánticos expansivos. 304, 306, 308, 309 afuera y en desacuerdo: gritan. 310 escucha el mundo como un imprevisto. Un ruidito anómalo en los oídos. 310 admite por única vez estar conmovido. El soundtrack elemental de la vida puede congestionarte los pensamientos. Aglutinar las emociones más variadas. Al hastío de sentirte profundamente bien. Los humanos juegan el papel más importante de su historia. La de buscar una interpretación. Un recuadro. Una gracia. Para finalmente constituir un mapa de plenas circunstancias. Los personajes, los actores, las formas de la mejor estética incomprendida se desarrollan en un prostituido lugar común. Salir con el disfraz argumentativo de tercera persona significa identificar aquello que servirá nomás para eso que llaman literatura. Aunque eso no conste del todo. Dialogar en tercera/primera circunstancia. 310 lo tiene perfecto y claro. El día parece haber valido la pena después de todo. 310 de primera persona pasa de nuevo a la familiar situación de existir en el mundo como algo tan fuera de lugar, como algo raro que se mueve en 3er. lugar, etéreo, circunstancial. Como sólo puede sentirse la modalidad de actuar en tercera persona. 310 cae en la cuenta que en tan particular día finalmente no puede dejar de sonreír. Eels suena con alguna estupenda intensidad. Mientras la humanidad suena todavía más. Es una simple distorsión para subir ampliamente el volumen. Al tope de todo paroxismo en decibelios. Como algo lleno de distorsión. Un día, el primer día, el tercer día, de esta semana.
(Hay rolas que son capaces de enternecerte hasta las lágrimas, tal el caso de Detachable Penis de King Missile; traducirla, hacerla literatura, COVER, es decir, ser un farsante.)
Me levanté: la mañana, en particular, olía a miados, a vómito, a muchas cosas. La resaca: y, contundente és, darse por entendido que el pene ha desaparecido, que te hace falta otra vez. Pasa la mayoría de las veces, me pasa todo el tiempo en realidad. Créanme. Es una cosa de esas cosas desechables, un pene desmontable… desechable.
Esto viene como una idea más bien masturbatoria, que pasa todo el tiempo, que me sucede a cada rato y que al parecer me afecta con alguna sincera y machacante continuidad. Con sus ventajas, puedo abandonarlo, así, solito en casa cuando intuyo proféticamente que se buscará problemas, que se inmiscuirá en tremendos y colosales líos. Me busca muchas complicaciones. Y de esa manera, lo puedo rentar, incluso dar en alquiler algunos cuantos días con alguna especie de confianza, claro, siempre y cuando en verdad no lo necesite. No obstante, ahora, mierda, uno que va a una fiesta, se emborracha, y a la mañana siguiente, al menos en lo que a mí me concierne, no puedo recordar que o qué hice de él. No está, simplemente, no está.
Primordialmente, lo busqué en cada uno de los rincones de mi apartamento: debajo de la cama, en la cómoda, entre los asientos del sofá;y no lo pude, no lo pude, no lo pude encontrar. Entonces se me ocurre llamar al lugar donde la fiesta fue: tampoco lo han visto por allí. Le pregunto a cada uno de los anfitriones que si pueden buscar en el interior del botiquín de las medicinas (por alguna extraña razón me gusta dejarlo ahí, al lado de mi prozac, de mis placebos, de mis hipocondrías sólo, no sé, unas cuantas veces), sin embargo está vez, incluso ahí no. Entonces, de nuevo, encarecidamente les digo que avisen pronto si lo ven tomar una forma eréctil por allí, por cualquier lugar. Uno nunca sabe, digo. Tele-excitarse, puede ser.
Lo mejor es llamar a otras cuantas personas, de la fiesta: sin embargo, no han sido de ninguna utilidad. Y comienzo a sentirme desesperado, un poco, y luego, totalmente. No me gusta mucho estar sin mi pene mucho tiempo. Me hace sentir menos hombre aunque no sé realmente el por qué. Y es que lo que en verdad odio es tener que orinar, sentado, desde un pequeño agujerito. Por lo de chorrear… supongo. Algo por allí.
Después de varias y críticas horas de buscar por toda la casa, de llamar a cuánto imbécil se me ha podido ocurrir, empiezo sentirme realmente deprimido. Muy triste. Y me dan ganas de salir, de por lo menos ir a comer algo, a tomar el desayuno en cualquier restaurante, en el Kiev and Ate. En esas estoy, de camino al restaurante, bajando por la segunda avenida: St. Mark's place, donde todas esas extrañas personas, como saben, se dedican a vender una retahíla de libros usados y no sé qué tanta basura más en las aceras de la calle. De pronto, algo llama mi atención, mi pene está allí, tirado en una manta, junto a un tostador. Un idiota lo anda vendiendo. En definitiva lo debo comprar, pienso. Pero su precio es de US$22, dice. Luego de regatear unos minutos, interminables minutos, insoportables minutos, lo he podido rebajar; su precio: US$17. Me lo llevo. Me lo llevo de regreso a casa. Lo lavo, lo limpio, lo acicalo muy bien, con cariño y… me lo instalo perfecto de regreso. Ha quedado bonito, reconfortado, muy bonito otra vez.
Estoy feliz de nuevo.
Completo.
Algunos pisados me dicen que debería conseguir un aditamento permanente, un pene que no se pierda. Pero no sé, incluso muchas veces suele ser un maldito dolor en el trasero. Y a mí, con alguna sinceridad, me gusta tener este pene desmontable… desechable…
Me fui con el Duende, otra vez. El Duende se harta que lo chingue, que lo presione, que me cague en él pues. El Duende ya me está sacando a patadas de su tienda, una vez más. Y una vez más mi enfermo hociquito se revienta en las gradas del centro comercial. “Sos el único idiota de este tan genial país que escucha esas mierdas”, me dice el Duende, y claro, puntualiza: “Ya no vengas… Cerote”. No soy de los que se dejan fácilmente, pero tampoco soy muy birncón, la marginalidad de cada una de mis paranoias no permiten interrelacionar de una manera eficazmente aceptable, sobre todo, porque el Duende, en ese momento, se saca una ak-47 de no sé ni de dónde. Entonces los disparos en el aire. Entonces me digo: “Guatemala está lejos del maldito universo”. Entonces a reseñar sin disco. Con 5 canciones nomás. Hello Seahorse! es una de esas bandas bien maricas con la cual estás en completa incapacidad de llegar a enfadarte de una forma demasiado subnormal, únicamente lo normal. Y es que es tanta, tantísima su falta de mediocridad, por Dios. Y por eso. Su sonido suena a estar chillando mientras te comes unos deliciosos ositos de goma que te saben a sal, a lágrimas. A nostalgia, a melancolía abundantemente alegre. Una patada en la cara que irónicamente plantea, con cada uno de tus molares extraídos por el golpe, una sonrisa en el pavimento ensangrentado. Eso, hasta el punto de su introductoria producción. Su ingeniero de sonido, sin duda que debe ser un completo muy maldito, en efecto, es un tal Burgos. Un maldito, como ya dije, que viene de la Ciudad Juárez y de su escena Hip-Hop y al mismo tiempo de la escena Industrial, por supuesto: imagino que su creatividad sólo puede devenir de esa mitológica ciudad que arrastra cadáveres de mujeres descuartizadas en las celdas particularizadas de esa tan supuesta urbanidad. Un contexto muy bonito, supongo, casi como el nuestro, sin embargo y en contraste, con harta creatividad musical. En fin que este tal Burgos, se muda al DF, monta sus chivas (Marshalls, iMac, Mackie) y ya está, se pone a sintetizar. En el proceso, surge un tal Julio (guitarra) y haciendo uso del MySpace cuelgan un clasificado en busca de algún vocalista. Una sola chava contestó: Denise. La Denise se las puede, cómo no, una voz que melodramatiza las formas del pentagrama. Armónicos sobre armónicos. A parte toca el piano. No obstante, las letras de la tal Denise son un cague de risa, así, literalmente: amor, coodependencia, felicidad, trivialidad, sonrisas incluso, frivolidad y mucho buen humor. A la chava ésta le ha ido perfecto, muy bien, en eso que se suele denominar existencialidad. Camus le es en completo indiferente. Pop-indie-alternativo, parece. El nombre surgió de la nimia pretención de sonar a algo bonito, algo ñoño nada más. Colgaron unas rolas en su MySpace y eso bastó para alternar con bandas como Furland y Kill Aniston además de su participación en el Manifest 2006 de la Ciudad de México. Claro, su trabajo de hormiga ha sido incansable, desde la merchandise artesanal hasta la venta independiente de sus discos. Su disquera: Freaks And Geeks Records, es propia, casera y profesional. La cultura, ésa, tan poco académica del do-it-for-yourself, como que de verdad que se agradece. Y Hello Seahorse! puede de manera excelente cagarse en cualquier atavismo metalero, en cada uno de los patéticos arquetipos. ¡Inclusive en la humanidad! Bueno, tampoco es para tanto. No es la gran cosa. En realidad, nada lo es. Ni se les ocurra buscar en Guatemala.
El hermano Juanito estacionó acrobáticamente el auto sobre la acera. Lo aparcó, eso sí, silenciosamente. El hermano Juanito es una de esas buenas personas en las que pueden descansar tus más delicadas miserias, penas y aflicciones. Jamás se lo dirá a nadie, quizá a Dios, sí. Puedes llorar y reír con él, esperando un consejo bíblico muy profundo. Por algo es líder de jóvenes en el culto de los sábados.
El hermanito Marcos le dio por repartir las capuchas, los bates de béisbol y las cadenas. Estábamos listos para cualquier eventualidad. En este caso, la víctima parecía una presa fácil. Se veía que podía ofrendar más del 10 por ciento requerido y estipulado en la Biblia. Su Toyota Lexus quedaba imposibilitado de escapatoria. El hermano Juanito es un maestro para copar, en un grado altamente necesario, los autos de estos pobres desafortunados.
A veces es bueno abrir la Biblia al azar, es eficiente, por ejemplo, en estos casos. Hay que buscar inspiración. El hermanito Marcos, tuvo la grandiosa dicha de llevar a cabo la selección. En realidad, sería el primero; un versículo cada uno. La Biblia se abrió: “Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham (…) Toma ahora a tu único hijo, a quien tanto amas, y ofrécelo allí en holocausto (…) Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo (Isaac…) Jehová le dio voces desde el cielo y dijo: Abraham, Abraham… (…) he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo”. Génesis 22: 1-13. El hermanito Marcos es un imbécil para leer, de verdad le cuesta al pobre idiota. Tartamudea mucho el maldito. Sin embargo, el mensaje del Señor estaba claro. Oh, bendito Padre, un carnero atorado en su Toyota Lexus. Sólo tú…
Era mi turno de provocar los movimientos de ruleta rusa en las páginas de la Biblia. La agité tres veces antes de decidir. La Biblia era pesada, una Biblia muy bonita con decoraciones doradas, concordancia, glosario, mapas y anotaciones.La Biblia se abrió en el mapa de Palestina con las tribus de Israel. Aquello no me servía para una nada y me permití un nuevo intento. Esta vez todo tenía sentido. Antes de realizar estas operaciones, siempre procedemos con una oración. Y la Biblia mostró su favor al desplegar I de Corintios capítulo 14: “Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el espiritu habla miterios(…) Así que, hermanos, procurad proftizar, y no impidáis el hablar en lengas; pero hágase decentemente y con rden” (sic). Vaya, que una Biblia traiga faltas ortográficas es el colmo, una mierda. Pero el mensaje era claro. Así propuse una oración:
–Oh bendito Padre celestial. Jehová de los ejércitos… –, en ese momento de la oración, percibí algo increíble, una nueva presencia, una tercera persona, era como si alguien estuviese leyendo mi oración, y a su vez, el lector involuntariamente también estaba orando. Era un sentimiento maravilloso, sumamente agradable. – Oh amoroso Padre que estás en el cielo, venimos ante ti a pedir por el alma que estamos a punto de tomar; tu palabra es fuerte y digna. Tu palabra es misericordiosa –. Abrí un instante los ojos, a pesar de estar consciente de transgredir la conexión con el Santísimo. Pude observar que el hermano Juanito empezaba a trabar un poquito las retinas; sus ojos estaban completamente en blanco, en trance. – Tú has hablado papito chulo, nos has bendecido enormemente; bien sabes que todo cuanto hacemos es para glorificar tu obra, Padre, el nuevo templo demostrará tu poder sobre este país. Las ofrendas las recaudamos para engrandecer tu presencia, oh Jehová, oh Jesusito, Rey resucitado. El templo será el más grande de Centroamérica y necesitamos de tu ayuda Majestad–. Estaba en lágrimas, no podía continuar. Por suerte, el hermano Juanito comenzaba a cantar en lenguas: “Arrabadiah rabi saya, daya Padre, Abba, uirrquinabajasana uirrqui na…”. El bate de béisbol era de aluminio y la cadena que a mí me había tocado, era realmente gruesa. Me acomodé la capucha y sentí el aire fresco de la noche acariciando los contornos de mi escondido rostro. “Pueblos todos, batid las manos: aclamad a Dios con voz de júbilo. Porque Jehová el Altísimo es temible; Rey grande sobre toda la Tierra. Él someterá a los pueblos debajo de nosotros, y a las naciones debajo de nuestros pies…” Salmos 47: 1-3
Cuando nos acercábamos, finalmente, al carnerito, nos encontrábamos misteriosamente desbordados de una paz elemental, llenos de fe, de confianza. Una fuerza más allá de toda comprensión nos rodeaba con su presencia. Debo admitir que me sentía poderoso mientras mis ojos no dejaban de humedecerse. El hermanito Marcos, azotó el primer golpe. El cristal del auto sufrió leves irisaciones rojizas por la sangre. Un grito fue apagado por el bate de béisbol que desbarataba una fina, finísima dentadura. Mi cadena se enredó a la cilíndrica forma de un cuello que se asomaba por la ventana del auto, entonces, apreté, apreté con fuerza. El hermano Juanito, recordó que él no había buscado su versículo en la Biblia, sin embargo, dijo que él podía cantar: Celebra victorioso, el triunfo de Cristo… Más que vencedor… Mayor es el que está en mí, que el que está en el mundo… Más que vencedor. Si Dios está conmigo quién contra mí… Más que vencedor.
Es difícil saber cómo Dios selecciona a sus ovejas. Las llama a su rebaño. Cómo pueden tener tan jodida la puta suerte. Hágase tu voluntad, Padre. Nosotros obedecemos.
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” Filipenses 4:13 Amén.
Imagen: Morbida Cristiandad de Cristian Lobos (Chile)
Esta Tara convertida en tarea incomprendida obtuvo -y aunque los conceptos se incrustaron perfecto en el cerebro- una calificación de cero puntos; aún no sé por qué…
Métodos de Miller
1)Cooncordancia: si varias instancias o muchos fenómenos a investigar tienen una circunstancia en común, esa causa en la que todas coinciden es la causa de todos los fenómenos.
Ej: Son muchas las circunstancias que conllevan a una neurosis colectiva, los individuos recurren a una violencia aparentemente saludable, es decir, crímenes limpios, lo más pulcro posible, sin rastro ni evidencia alguna. En verdad lo difícil es deducir un aparente culpable ya que peyorativamente se podía argumentar que simplemente cada individuo había tenido, en más de una ocasión, un maldito mal día. (A produce a S, el fenómeno.)
2)Diferencia: En algunas instancias, puede aparecer el fenómeno que se investiga, a la vez, una sustancia en la cual no aparece el fenómeno pero que tiene todas las circunstancias y antecedentes con la excepción de una de ellas. Difieren en el efecto, una parte indispensable del fenómeno.
Ej: Un asesino investigador de las funciones espásticas dejadas en sus víctimas, como observador, puede recurrir a varias herramientas para inducir eficazmente la muerte. De esa manera, nota importantes diferencias al matar con un hacha, con una pistola, o con simplemente sus manos. Todos los cuerpos coinciden en el evento de la muerte. No obstante, el asesino nota que en las víctimas fervorosamente creyentes de alguna religión, la muerte parece ser mucho más dolorosa. (A no es la causa de S, el fenómeno.)
3)Concordancia y diferencia: Es la mezcla de los dos métodos anteriores.
Ej: Los humanos de distintas regiones del planeta actúan de forma muy distinta a un nivel cultural. Por ejemplo, Europa se dedica a la efectiva tarea de erradicar a los embarazos y en general a todos los niños, mientras en América Latina hay un problema demográfico insoportable. Los Extraterrestres abdujeron a un grupo de humanos como muestra de distintas latitudes del planeta; al mezclarlos, comprobaron que el humano promedio es propenso a un estímulo sexual, que se define a según del conocimiento que cada quien tiene de su forma en definir familia, amor y placer. (A plus B genera S, el fenómeno.)
4) Residuos: Se resta al fenómeno la parte que, por inducciones anteriores, es bien comprobable sin la deducción de ciertos antecedentes.
Ej: La conservación de energía, argumenta el equilibrio en los estipulados de la Física. Recientemente, la física, bajo estos preceptos comprobables, ha logrado verificar la conservación de la energía en el universo, esto en consideración de teorizar el razonamiento del vacío del espacio, que en realidad, a través de estudios probabilísticos de la física cuántica, el universo está contenido en la consecución de la antimateria. (A minus B produce S, el fenómeno.)
5)Variación Concomitante: Siempre que un fenómeno varia con respecto de otro en forma específica es correspondiente a este otro fenómeno de forma directa o conectado de alguna otra manera, incluso la casualidad.
Ej: Si una función matemática describe el movimiento de una partícula sobre el eje coordinante (y), necesariamente, la partícula describe valores específicos a lo largo de los demás espacios coordinantes (x,z…t) en una temporalidad. (A contenido en B produce S, el fenómeno.)
Imagen: David Miller Soundtrack: Homework 01,02,03(Daft Punk)
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